TODA UNA VIDA

El grito, desgarrador como no se había escuchado en muchísimo tiempo en aquella planta, resonó en los oídos de todo el mundo.

Un grito que expresaba dolor y tristeza a partes iguales. Una tristeza que muy pocos conocían y un dolor que casi nadie comprendería nunca en su vida.

Una expresión aguda y potente del amor que siempre sintieron el uno por el otro. Un grito al cielo que alzaba un por qué al universo.

Estaba enfermo, eso lo sabía ella y todos sus allegados, pero esperaban poder tener más tiempo para pasar juntos. Cuando la enfermedad lo devoraba, ella lo cuidaba con paciencia, atención y devoción; al igual que él lo había hecho cuando ella tuvo el cáncer. Tal vez por eso tenía la esperanza de que fuese a superarlo. Por eso su muerte la pilló tan desprevenida. Y por eso su grito fue tan desesperado y angustiante.

Su vida se acaba a allí. Todo su mundo finalizaba aquel cálido día de agosto. Ni sus hijos, allegados o amigos llegarían nunca a suplir ese vacío que se le quedó en el alma. Un hueco que tras treinta años juntos nunca nadie llenaría.

El hospital donde le dieron la noticia se convirtió en un lugar maldito al que nunca volvería. Un edificio de enormes dimensiones al que no pensaba acercarse jamás, estuviese ella en el estado en el que estuviese.

La habitación en la que lo habían ingresado, la 404, parecía poco más que un chiste malo. Él había sido informático toda la vida y morir allí describía muy bien el humor que había tenido siempre. Not found; le hubiese hecho tanta gracia. Era lo único que a ella la salvaba de la desesperación.

 

El duelo, el entierro y las semanas siguientes pasaron como un trance. Olvidó ducharse, comer, vivir. Sus hijos lo intentaban, sus amigos aún más y, aun así, ella solo existía como un fantasma.

Una tarde de diciembre, cerca ya de Navidad, la canción favorita de él sonó en el supermercado en el que siempre hacían la compra juntos. No pudo evitarlo y se puso a llorar como si sus lágrimas no tuviesen fin. La cajera, que los conocía desde siempre, la apoyó como pudo, pues también conocía el dolor de perder a su persona.

- Es duro, pero hay que seguir adelante.

- ¿Cómo se supera?

- Todos te dicen que lo harás, pero no es cierto. - La mirada triste pero honesta de la cajera decía más que sus palabras, las pocas sinceras que había escuchado en los últimos meses. - Personas así, amores así, existen muy pocos. Y vosotros teníais la suerte de haberlo vivido.

- No voy a poder seguir.

- Sí que lo vas a hacer. Tienes que hacerlo. Por él. Porque si estuviese aquí no te permitiría caer en la oscuridad.

Miró con curiosidad a la cajera, reconociendo algo que ella misma sentía en ese momento. Tal vez no estaba sola, tal vez su amor no era tan especial como ella pensaba.

- No te atrevas a dudar jamás de vosotros.  Muy pocos consiguen lo que teníais y, los que lo hacemos, lo atesoramos como la más valiosa de las joyas. Pero va a ser duro, de eso no hay duda.

 

Se secó las lágrimas, finalizó su compra y abrazó a la cajera que, con los años, se había convertido casi sin quererlo en algo más que una conocida.

Debía vivir por él, por sí misma y por hacer todas las cosas que se habían prometido que harían.

 

Mientras tanto, él, entre las sombras, agradecía a aquella cajera su trabajo y sus palabras. Por fin podía descansar. Ella estaría bien, se verían en algún momento futuro; pero por fin podía dejarla sola y no temer. Por fin podía ascender.