Se acabó el verano.

 
Y con él, también el tiempo de ejercer como progenitor en un tiempo prestado por la jornada laboral que se interrumpe un mes y te permite cuidar de aquellos a quienes amas de la manera en que en realidad querrías hacerlo todo el año.
 
Quiero que me crean cuando digo que me dan igual los hitos de este verano. Me da igual el Mundial que hizo feliz a España. Me da igual el eclipse que hizo feliz a medio mundo. Fueron momentos bellos, momentos interesantes. Pero fueron titulares de apenas dos días. Placer intrascendente frente a otras cosas que sí pesan, que sí se quedan, que no se olvidan con una foto en Instagram. Cosas que dejan una huella que ni el más hábil cirujano podría borrar, porque a ellas hemos dedicado el mayor empeño de nuestras vidas.
 
Está terminando el verano. Ya se nota: las tardes se acortan tres minutos cada día, el sol ya no quema a las nueve de la noche. El calor afloja, pero no es alivio. Es despedida.
 
Para la mitad de este país, el verano no termina con la vuelta al cole. Termina el día que tienes que devolver a tus hijos. Termina cuando haces el reparto con la más absoluta corrección aritmética, como si de un escandallo se tratase. Cuando metes la ropa en la maleta, cuentas los bañadores, dices “pórtate bien” sabiendo que hasta el año que viene no vas a ver ese desayuno todos los días.
 
Se acaba el privilegio de ejercer como progenitor 24/7. Se acaba el tiempo completo, el “vamos a la playa otro rato” sin mirar el calendario. Y vuelve el régimen. Vuelve el calendario. Vuelve el “te toca a ti este finde”. Vuelve la custodia como se reparte un mueble: 50 y 50, ni uno más, ni uno menos.
 
Es cruel, porque el verano engaña. Te hace creer que todo el año puede ser así. Que madrugar no volvería. Que las peleas reales eran por el helado. Que las siestas con ruido de tele de fondo eran un derecho inalienable. Te da esa dosis de familia entera que luego te quitan en septiembre, de golpe. Y no, no es drama. Es la vida de miles de familias.
 
Es el progenitor que deja a los niños en la estación el domingo a las ocho de la tarde. El que cuenta los días en el móvil para que vuelva a tocar. El niño que pregunta “¿cuándo vuelvo contigo?” y tú no sabes qué cara poner.
 
El Mundial fue bonito. El eclipse fue bonito. Pero no se comparan con el dolor sordo de cerrar la puerta y que la casa se quede a medias.
 
Está terminando el verano. Y con él, ese ratito. Ese ratito que es todo.
 
Hay progenitores que llevan tatuada en lo más profundo del alma la imagen de sus hijos con una maleta en la mano. Y sienten culpa, porque ese hijo no es un transeúnte, no es un vagabundo, pero va de casa en casa llevándose las pocas pertenencias que le caben en una maleta que apenas puede agarrar con una mano todavía demasiado pequeña. Cada vez que lo ves, cada vez que lo piensas, se te hace un nudo en la garganta y miras hacia otro lado, porque en el fondo sabes que parte de la culpa es tuya.
 
Este es, para muchos, el verdadero final del verano.
 
Hasta el año que viene.
Francisco González