Maribel Torres: “Antaviana presenta el 9 de Mayo su segundo ciclo de lectura en Alfaz del Pi”
En el prólogo de sus Páginas escogidas, el gran Baroja, que conocía de sobra el paño con el que se vende el género de la literatura, declaraba, con ese brutal sentido común propio del realismo que a tantos les parecería una absoluta impertinencia, que “una novela larga, se diga lo que se diga, siempre será una sucesión de novelas cortas”. Lo trascendente en la literatura de ficción, a juicio del hombre malo de Itzea, misántropo y provocador, no son los episodios, sino la continuidad narrativa que tiene un relato.
En la historia de la novela de estos últimos treinta años, desde la década de los noventa hasta el presente, se suceden diversas tendencias, escuelas y escritores que exploran unas veces, y otras sencillamente sugieren, los profundos cambios sociales de estos decenios pasados.
En términos culturales, la España de los ochenta, antecedente de la narrativa posterior, se vivió como una época fundacional. El final de la dictadura y la inmediata ley para la reforma política, la obra colectiva de la Transición, favorecieron la idea de que se podía –y se debía– crear una literatura de nueva planta, alejada de los antecedentes previos y espejo de una España en libertad.
En primer lugar estaba el interés editorial: con las libertades políticas nacieron nuevos sellos, en paralelo a la modernización de la prensa, que dejó de estar sometida a la censura, y los grandes grupos editoriales asumieron que era conveniente abrirse a propuestas diferentes sin abandonar por completo aquellas obras que procedían del paradigma cultural anterior. Fue este contexto social el que favoreció el nacimiento de una narrativa que huía con deleite de su tradición y exploraba otras fórmulas foráneas, desde las mejores literaturas europeas a aquellas escritas en lenguas menos familiares, con indudable preferencia por el inglés.
La voracidad del cambio obedecía a un factor de índole generacional –los aspirantes a escritores ansiaban la misma visibilidad de sus mayores– pero, como efecto de la ley del péndulo, también confundió la modernidad con lo que no siempre lo era. Parte importante de la narrativa española previa, aunque escrita en una España sin libertad, ya había abierto con decisión caminos y vetas creativas distintos. La Nueva Narrativa española empezó a incorporar, por motivos comerciales, más que literarios, a su catálogo a los autores emergentes y no supuso ninguna revolución. Pronto degeneró en una reiteración de las mismas fórmulas narrativas y en una inevitable uniformidad. Ningún catecismo acepta la originalidad. La desmemoria literaria, por sí sola, no es garantía del progreso creativo.