Las dos caras del espejo

Este año el 12 de octubre no ha sido una fecha más. Lo he vivido desde el otro lado del océano, en un país latinoamericano donde ese día se llama Día de la Resistencia Indígena. Mientras en mi móvil desfilaban stories de españoles sacando pecho, con la bandera bien alta y la voz todavía más alta, a mi lado había personas que, con una sonrisa sincera, miraban esa misma fecha con otra memoria y otra herida. Toda historia tiene dos partes. Lo supe siempre, pero este 12 de octubre lo he sentido en la piel.

Para unos fue un encuentro y una gesta. Para otros fue una conquista hecha con armas superiores y con enfermedades contra las que no tenían defensa. A estos últimos los he escuchado. No todos hablan con odio; algunos lo cuentan con una tristeza parecida a la mía, la de quien busca en el presente algo que ya no reconoce. Y he entendido, más claro que nunca, que ninguna bandera tapa del todo las dos memorias.

Pero esa comprensión no me ha devuelto a España. Me ha confirmado otra cosa: que el país que yo amaba ya no está en ninguno de los dos relatos.

El país que me enseñaron a querer tenía principios. No era perfecto —ninguno lo es—, pero había suelo bajo los pies. La familia no era un eslogan de campaña, sino el lugar donde se aprendía a responder por lo que se hacía. Había una idea, borrosa pero compartida, de que las cosas se ganaban. Se discutía con dureza, incluso con rabia, pero se discutía sobre algo. Hoy ese algo se ha diluido. Las palabras siguen siendo las mismas —justicia, libertad, esfuerzo—, pero ya no significan lo mismo. Se premia decir lo que suena bien en lugar de lo que funciona, y cuando se premia eso, lo demás pierde el espacio.

Me dicen que no soy patriota. Que si de verdad amara a España no me marcharía, como irrevocablemente he decidido hacer. Me voy por voluntad propia, no por necesidad. Y amo a mi país: cada rincón, cada juzgado y cada cárcel que he recorrido defendiendo a quien reclamaba mi ayuda. Lo amo con una intensidad que a veces me resulta casi ridícula y, por momentos, dolorosa. Amo el idioma en que mi abuela contaba las cosas, ciertos atardeceres, la forma en que se callaba una mesa cuando alguien hablaba en serio. Pero amo a un país que ya no está. Y cuando lo que amas deja de existir, quedarse no es lealtad: es una forma de engaño cotidiano.

Es como aquella mujer a la que quise. La recuerdo con una ternura que todavía me aprieta el pecho: su risa, su forma de enfadarse, las mañanas en que el mundo parecía más habitable solo porque ella estaba en él. Pero esa mujer ya no está. No murió; simplemente dejó de ser quien fue. Y llegó un día en que seguir a su lado no era amor, sino nostalgia mal disimulada. Buscar en sus ojos a alguien que ya no estaba era una locura que no me podía permitir. Marcharme no fue una traición; fue la única forma de no mentirme cada mañana.

Con España me ocurre lo mismo. El 12 de octubre muchos celebran una España que ya no reconocen o que nunca conocieron. Al otro lado, otros recuerdan una España que tampoco es la que yo conocí. Yo no puedo quedarme en ninguna de las dos versiones. Prefiero llevarme la que sí conocí y vivir entre quienes heredaron la herida, para que vean que alguien que habla este idioma tan hermoso, que también es el suyo, no tiene por qué tener el corazón oscuro.

No me marcho con odio. Ni hacia quienes sacan pecho, ni hacia quienes solo recuerdan la herida. Me marcho con una tristeza limpia y con la voluntad de aportar mi granito de arena donde haga falta. Toda historia tiene dos partes, sí. Pero yo ya no encuentro la mía en ninguna de las dos.

Y si este 12 de octubre me ha enseñado algo, es esto: admiro más al indígena que luchó por defender lo que amaba que al español de hoy que agita la bandera sin defender nada. Aquel sabía lo que era perder su casa. Este ni siquiera ha notado que la está perdiendo.

A veces, amar de verdad es saber cuándo dejar de llamar «casa» a un lugar que ha dejado de serlo. Me llevo conmigo el país que conocí y dejo la cáscara que apenas queda de él.

Dedicado a mi buen amigo Rubén Parejo. Venezuela - Cumaná - Estado Sucre, cuna de libertadores.

Francisco González, abogado y colaborador de Aire Fresco