El “finde” no es una broma inocente
Es un error de cálculo frecuente. El alcohol, las drogas, los coches cada vez más potentes y la sensación de impunidad que suele acompañar a la juventud se mezclan en un cóctel que, estadísticamente, no siempre termina bien. No se trata de criminalizar el ocio ni de dibujar un escenario apocalíptico. Se trata de mirar de frente los riesgos reales que asumen y que demasiadas veces se minimizan.
Los datos son claros. Según la Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES), el consumo intensivo de alcohol —el conocido binge drinking— sigue siendo especialmente elevado entre los 15 y los 34 años. Una parte importante de ese consumo se concentra en los fines de semana. No hablamos de “beber un poco más”, sino de normalizar la embriaguez como parte del ritual. Ese nivel de intoxicación reduce de forma drástica la capacidad de juicio, la percepción del peligro y el control de los impulsos. Cuando se suma el consumo de cannabis, cocaína u otras sustancias, frecuentes también en el ocio nocturno, el margen de error se estrecha todavía más. En ese estado, decisiones clave —consentir una relación sexual, evitar una pelea, valorar si se está en condiciones de conducir— se toman con un cerebro químicamente alterado. Jóvenes que en casa muestran un carácter educado y tranquilo pueden, en cuestión de minutos, adoptar actitudes agresivas o impulsivas que no reconocerían al día siguiente. La presencia del grupo y una lealtad mal entendida refuerzan a menudo esas conductas.
El riesgo se multiplica cuando entra en juego el coche. La Dirección General de Tráfico lleva años advirtiendo que los accidentes mortales con mayor implicación de alcohol y drogas se concentran en fines de semana y en conductores jóvenes. No es casualidad. Los vehículos son cada vez más potentes y accesibles. Un coche de 150 o 200 caballos en manos de alguien que sale de un local a las cinco de la mañana, con un carnet relativamente reciente, no es un símbolo de libertad: es un factor de riesgo elevado. La ilusión de control (“yo conduzco bien aunque haya bebido”) choca de frente con la evidencia científica: el alcohol y las drogas no solo ralentizan los reflejos, también distorsionan la percepción de la propia capacidad.
Existe un segundo frente que suele quedar en segundo plano: la violencia y las agresiones sexuales. Los entornos de ocio nocturno, especialmente cuando el consumo es alto, aumentan la probabilidad de conflictos y de situaciones no consentidas. No es que la noche sea peligrosa por naturaleza. Es la combinación de desinhibición química, hacinamiento, ruido y oscuridad lo que reduce las barreras que en condiciones normales frenarían conductas agresivas o invasivas. Estudios sobre percepción del riesgo en adolescentes y adultos jóvenes coinciden en un punto: la mayoría sobrestima su capacidad para detectar y evitar el peligro. Es el llamado sesgo de invulnerabilidad. La frase “a mí no me va a pasar” no es inocente; es un mecanismo psicológico documentado que explica por qué se reiteran conductas de alto riesgo.
La cuestión de fondo no es moral. No se trata de exigir abstinencia ni de convertir cada salida en un acto de temeridad. Se trata de entender que un cerebro joven —especialmente hasta los 25 años— aún está terminando de madurar en las áreas responsables de evaluar consecuencias a largo plazo. No estamos ante alguien intrínsecamente irresponsable, sino ante alguien cuya percepción del peligro está sistemáticamente sesgada hacia abajo. Añádanse la presión del grupo, la cultura del “hay que vivir” y la facilidad de acceso a sustancias y a vehículos potentes, y el resultado es previsible: un porcentaje no desdeñable de fines de semana termina en urgencias, en comisaría o en un tanatorio.
Este verano, como cada verano, se repetirá el mismo patrón. Habrá quien regrese a casa sin novedad y habrá quien no. Los padres esperaremos, una vez más, el final de la noche con la inquietud de quien sabe que el resultado no siempre depende solo de la suerte. La diferencia entre unos fines de semana y otros muchas veces se juega en decisiones que, en el momento, parecen pequeñas. Concienciar no consiste en asustar. Consiste en poner sobre la mesa, sin dramatismos ni sermones, que un finde puede ser solo un finde… o el punto a partir del cual ya nada vuelve a ser igual.