Lo que no se cuida, se pierde y luego se extraña…
Hay crisis que revelan el carácter de un gobierno, o en su caso la falta de él. La de Ceuta, en el verano de 2026, ha sido una de ellas. Mientras la ciudad autónoma vivía una de las mayores entradas irregulares de su historia reciente, con decenas de miles de personas cruzando la frontera en cuestión de horas, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se encontraba de vacaciones. Primero en La Mareta, en Lanzarote, y después, según se ha denunciado, con escapadas que incluyeron Andorra. No es solo el hecho de estar fuera. Es el contraste: la imagen de un presidente compartiendo playlists en redes mientras una parte del territorio nacional se desbordaba. La distancia física se convirtió en distancia humana. Y esa distancia se nota, duele…
No se trata de exigir que un presidente no descanse. Se trata de exigir que, cuando se produce un hecho de esta magnitud, la respuesta del Estado sea inmediata, visible y contundente. En Ceuta no lo fue. Tardó casi un mes en formalizarse un mando único, en declararse la situación de interés para la seguridad nacional y en empezar a desplegar medidas con cierto criterio y ambición. Mientras tanto, los ceutíes veían cómo su ciudad se convertía en un espacio de limbo, con miles de personas aún en la calle, servicios desbordados y una sensación creciente de abandono.
La crítica se hace extensible al resto del pueblo español. Nuestra respuesta ante la crisis ceutí nada ha tenido que ver con la respuesta a la DANA o a los incendios. El agravio comparativo es injustificable, doloroso e inmerecido. Cuando hizo falta, España se movilizó con rapidez; en el caso de Ceuta, la prisa estaba en coger lugar para la hamaca cerca de la playa antes que el vecino, para luego comerse un empanado frente al mar. Si para ayudar hay que interrumpir las vacaciones, mejor miramos hacia otro lado.
En este contexto, la figura de Margarita Robles adquiere un valor simbólico especialmente revelador. Ministra de Defensa sin formación militar alguna, jurista de carrera que ha convertido la cartera en un espacio de narrativa más que de autoridad. Robles, cuando aceptó el cargo, jamás pensó que tendría que ocuparse de un conflicto bélico de verdad; no está preparada ni psicológica ni técnicamente. En este momento Ceuta no necesita una exjueza metida a política que hable con indignación calibrada y que pida disculpas para cubrirle la espalda al gobierno que la nombró cuando la presión aumenta. Ceuta necesita una ministra que tome decisiones operativas coordinadamente con el ejército. Cuando una frontera se ve desbordada, cuando se pierde una plaza que afecta a la integridad nacional, lo que se necesita no es un discurso de sensibilidad, sino presencia, doctrina y capacidad de mando. Robles ofrece, demasiadas veces, lo contrario.
Pero el problema no empieza ni termina en el Ministerio de Defensa. Un mes antes de la crisis, a finales de junio de 2026, el Gobierno había cerrado el plazo de una regularización extraordinaria que recibió más de un millón de solicitudes y había anunciado un Plan de Integración y Ciudadanía dotado con más de 500 millones de euros. La coincidencia temporal es demasiado estrecha para ignorarla. ¿Fue un efecto llamada? Es una pregunta legítima. Algunos analistas, incluso voces críticas desde Marruecos, han señalado que la promesa de regularización masiva y los recursos anunciados para la integración pudieron actuar como un incentivo, pero no se puede afirmar a ciencia cierta. Lo que está claro es que el mensaje que lanzamos con ello no era precisamente de contención.
¿Pudo ser orquestado? Esa es ya una hipótesis más grave y más difícil de demostrar. Lo que sí es demostrable es la secuencia: regularización masiva y plan de cientos de millones a finales de junio; entrada masiva a finales de julio; respuesta estatal lenta y dividida durante casi todo agosto. En política, las coincidencias reiteradas dejan de ser casualidades y se convierten en indicios. Y los indicios, en este caso, apuntan a una gestión migratoria que prioriza el relato de la acogida sobre el control efectivo del territorio.
Ceuta no es un territorio de segunda. Es España. Y mientras el presidente compartía listas de reproducción y la ministra de Defensa ensayaba disculpas, la ciudad vivía una crisis que aún no se ha cerrado del todo. Un gobierno serio no puede permitirse ese lujo de distancia y pasividad. Porque cuando la frontera se resquebraja y la respuesta tarda semanas, lo que se erosiona no es solo la confianza de los ceutíes. Es la idea misma de que el Estado está dispuesto a defender, con la misma contundencia, todas las partes de su territorio. Si no estamos dispuestos a defender Ceuta como corresponde, devolvamosla a Marruecos: ellos parece que se interesan más por ella que nosotros. Pero lo que no podemos es dejar a estos ciudadanos españoles desamparados al socaire de una ministra que no tiene la preparación militar necesaria para dar la respuesta que el problema merece. Esta señora es tan ingenua que piensa que se puede recuperar la plaza de Ceuta con una batalla de aura…