CAMPANILLA

Hacía frío, pero nada de aire. Las hojas de los árboles permanecían quietas, como congeladas en el tiempo. La oscuridad, solo disipada por las antiguas farolas dispersas  por el lugar, era casi apacible. De nuevo, aquel sonido de campanillas rompió la calma. Algún viandante cruzaba, azorado, la húmeda hierba que cubría como un manto todo el  perímetro; sus pasos, largos y apresurados, querían sacarlo de allí lo antes posible. Ni  tan siquiera los animales se atrevían a emitir sonido alguno. Esta vez el tintineo se  convirtió en algo más frenético. 

Durante la noche bajó la temperatura varios grados, pero el ambiente seguía siendo seco  y calmado. Algún gato distraído paseaba por las tumbas, buscando algo que cazar, sin  emitir sonido alguno, gracias a sus acolchadas y delicadas patas. Aquella noche, ni tan  siquiera los sapos de la charca que había en el centro del cementerio parecían tener  ganas de festejar. La campanilla volvió a sonar, esta vez de forma constante y firme,  segura. El sonido rasgaba el aire, como un grito ahogado que no parecía que fuese a  tener respuesta. 

La noche avanzaba y el denso silencio, solo roto por el turbio movimiento de aquella campanilla, se asentó en cada rincón. Los pocos pájaros que cruzaban el cielo ni tan  siquiera perturbaban aquella paz con el batir de sus alas, mientras el tintineo seguía su lamento. 

Al despuntar el alba, el sonido de calmó de súbito. No volvió a sonar una vez el sol se  alzó levemente en el horizonte, como si tuviese fecha de caducidad. El sol iluminó poco  a poco la escena, que volvió a su estado natural: los pájaros piaban, el aire se atrevía a  mecer las ramas de los árboles de nuevo y, a lo lejos, algunos de los sapos de animaron  a croar. 

El silencio denso de las últimas horas se disipó como un mal sueño, y los transeúntes volvieron a pasear por aquel camposanto con tranquilidad. Era un lugar hermoso, donde  la gente iba a presentar sus respetos a sus familiares. Un lugar de reunión que, solo una  vez al año, se convertía en un solar terrorífico, al que nadie se acercaba. La campanilla no volvería a sonar hasta doce meses más tarde, como siempre. El  tintineo permanecería en silencio, como recargándose, hasta el siguiente año. Un secreto  a voces al que los habitantes estaban ya acostumbrados. 

Corrían muchos rumores y teorías, pero solo los más ancianos conocían su naturaleza, tan triste como aterradora: ser enterrado vivo no era la mejor forma de morir. 

AINHOA PASTOR SEMPERE