5° Dia del Camino del Sureste
Quinto día del Camino. Hay múltiples señales, aprender a entenderlas, saber dosificarlas, amaestrarlas incluso, es todo un reto. Una enseñanza con la que debes empezar el proyecto. Es curioso ¿verdad?. Antes incluso de salir y saber que diablos puede pasar, ya tienes que estar preparado. Y no hablo de forma física, que también, porque el Sureste a finales de Julio se las trae, sino de la mente. Ella se va a enfrentar a más retos que tus piernas. De la temperatura y como cambia todo en unas horas, hablamos cuando me lo pidas.
Podría escribir una enciclopedia diaria y no hago otra cosa que caminar. Pero es un espectáculo de sensaciones, contrapuestas. Dejar que tu vida se vaya amueblando al ritmo de una nueva aventura, es la mejor aventura. Porque esa aventura que Sí habías previsto es la que te conduce, ahora ya sin saberlo, a la gran aventura que significa descubrirte. Dejarse llevar es la receta más recomendable.
Alguien me pregunta ¿que tal vas?. Me quedo en blanco, parado, sin saber que decir. En cualquier otro momento saldría el clásico "todo bien". No me apetece volver a la rutina. El espíritu del Camino nos pide sinceridad. "No lo sé", es lo que respondí, añadiendo que "mi mundo es maravilloso, pero complejo" para terminar el watsap con un intrigante "aunque me cueste explicarme no me cambiaría por nadie". ¿He contestado?...
El albergue en Chinchilla es una pasada. Junto al ayuntamiento, de nuevo he estado solo, ni un peregrino a la vista y van cinco días y más de 200 kilómetros. Es casi lógico, ¿qué loco va a recorrer 1.200 kilómetros en pleno verano y dándose bofetadas las olas de calor por turnarse?...
Está en la parte alta del pueblo, en la plaza más céntrica. Nadie en todo el día hasta que me acuesto. Justo al caer la noche se llena de gente y es difícil dormir. Decidir no quejarse de nada tiene su premio. Duermo muy bien. El cerebro manda, siempre, quédate con esto. El mío está limpio, da miedo, pero es alucinante. Veremos donde me conduce esta experiencia.
Son las 4.18 cuando me levanto. Abro una ventana y certifico que ese temblor nocturno lo producía una brisa hermanda con el viento, todavía fría, con la plaza ya vacía pero muy iluminada por una luna llena que decide hacerme compañía durante muchos kilómetros.
Mi primera postal es la unión de esa brisa que mueve árboles, la luna que agita la imaginación y la puerta de un enorme cementerio. Uno de mis sueños, sin duda, pero no apto para miedosos. La segunda es la contraria, y es que no hay peor momento en mis Caminos que la cercanía, la llegada, el traspaso y la salida de una gran ciudad. Te miran raro, ¿verán un perroflauta?. Me da igual. Hora y media tardo en recorrer Albacete, cinco llevo ya en el zurrón. Me equivoco al no parar a tomar, al menos, un café. Tengo miedo a parar, lo confieso a quien me pregunta. Mis amigos me piden que rebaje el síndrome del maratoniano. No es eso, aunque tampoco sé porque actúo así.
Enfilo hacia La Gineta, ágil, convencido de que puedo llegar hasta La Roda. En el fondo es una locura, es el fruto que se produce en esos momentos efímeros del devenir del cambio permanente. Igual te comes el mundo, que sueltas la mochila debajo de un almendro porque no puedes más. Entre medias de una cosa y la siguiente, minutos, poco más. Hay que saber manejarlo.
Un trozo de caviar del Camino con pan, un poco de agua con sales minerales y adelante. No hay otra cosa ni quiero pararme mucho. Hasta las 10 de la mañana, el tiempo me respeta, a partir de ahí, el infierno va comiéndote por los pies, derritiendo tus expectativas y devolviéndote las malditas preguntas, las jodidas dudas. También hay que controlarlo.
La Gineta, que en teoría estaba y está a 18 kilómetros de la capital manchega, juraría al llegar que estuvo a 180. La noche crea dudas e incertidumbre, pero te deja consumir kilómetros sin apenas pensar. Vigilar las sombras y los sonidos entretiene todos los sentidos. El día y el sol, hacen lo contrario. ¿Tendré que madrugar más?...
2,5 litros de agua casi de golpe me bebo al pisar la gasolinera que hace de puerta gayola en el pueblo. Todavía queda un kilómetro para llegar al ayuntamiento, donde me reciben como a un héroe. Me resulta chocante, ¡que gente más grande y humilde!. Me dan la llave de un vestuario, donde un somier y una colchoneta van a ser mis compañeros hasta mañana. Ni una queja, al contrario, mil gracias.
Me hablan de un bar con menú y allí que voy tras cambiar de aspecto y quitarme el polvo del Camino. No quiero asustar a nadie. Se come tan bien que al cobrarme pensaba que estaban de broma, 15 euros, postre y café incluidos. Cuánto tenemos que mejorar algunos. Y aquí me tienes, dando vacaciones al escribano de ayer y siendo yo quien te da la chapa de hoy.
Minaya es el objetivo de mañana, y no es un juego de palabras. Ya he hablado con Jesús, que me dice que hay tres camas. Se me hacen los ojos chiribitas. Por cierto, se me ha olvidado dejar el donativo en Chinchilla y me duele el corazón. No me vuelve a pasar. Imperdonable. No podemos fallar a quien mejor se porta con las personas que no se conocen y llegan cansadas. Mil disculpas.
A martillo y cincel van puliéndose las capas que me sobran para llegar a la magia que busco. Está dentro de mí, lo sé, pero cuesta alcanzarla. Tampoco sé si es lo que quiero, quizás me muestre los fallos que cometo, me enseñe a corregirlos y no quiera repetir rutina. Que aventura más maravillosa, todo me da Miedo y no me importa en absoluto contarlo.