UNA VELA
Un paso, una plegaria, una oración.
Es lo único que nos separa de la
desesperación.
Una habitación completamente
oscura, excepto por un pequeño
halo de luz resplandeciente. A
veces, solo necesitamos eso para
aferrarnos a la realidad: un rayo de
cordura que nos ata a lo terrenal y
nos impide fundirnos con las
sombras.
Pensaba en ello, en la gélida cámara de piedra en la que se encontraba; ni habitáculo se lo podría llamar. Solo una cama desvencijada, una mesa diminuta y un enorme armario de metal, anclado a la pared, era lo que la rodeaba. Un ambiente frío, muchos dirían que tétrico, que la separaba del resto de la humanidad. Pero a pesar de ello, sabía que no podía salir de allí.
La pequeña y destartalada mesa, donde apenas había espacio para su libro, un plato, un vaso y un par de cubiertos, tenía en el centro una vela, cuya llama ardía como última señal de esperanza, esperando impaciente extinguirse. No era la primera vez que se encontraba allí y, sin duda, tampoco sería la última.
Su aliento helado creaba pequeñas nubes en el húmedo ambiente, que ella parecía ignorar. Todos los meses debía pasar por aquel ciclo, al que por desgracia ya estaba acostumbrada, y que desde el fondo de su alma no le deseaba a nadie.
Cerró el libro que estaba leyendo: todos los meses le traían algo nuevo; con eso podía sentirse feliz, pues al menos la cuidaban y le permitían sus caprichos. El sudor comenzó a recorrerle la espalda, destemplándola.
Se levantó despacio, pues le dolían las articulaciones, y se dirigió al enorme armario esquinero, con una cerradura similar a la de una caja fuerte. La abrió no sin esfuerzo, mientras se le iban acelerando las pulsaciones. Ya no quedaba mucho. El aliento se le entrecortaba, mientras guardaba primorosamente el libro en una bolsita de raso. Cuando se giró para alcanzar la vajilla y guardarla en una cesta de mimbre, un tirón en la zona lumbar la dejó medio doblada. Era el momento.
Se deshizo como pudo de la escasa ropa que vestía y la lanzó, junto con la ropa de cama, dentro de una caja de ratán, mientras cerraba la pesada puerta de aquel aparatoso mueble metálico. Un insoportable pinchazo en la cabeza la hizo caer al suelo, dejándola hecha un ovillo y llorando de impotencia.
Aquel ritual, que se sucedía desde hacía meses, lo había adoptado como algo propio; tanto que dejó de asustarse, a pesar de las secuelas.
¿Estaba preparada? No. Nunca lo estaba.
¿Podía hacer algo para evitarlo? Tampoco. De modo que, a estas alturas, ya no le valía de nada luchar contra ello.
Cuando consiguió ponerse en pie se acercó a la mesilla, mientras unas lágrimas se le escapaban sin remedio. La mesa va a acabar destrozada, fue su último pensamiento. Aunque no importaba, al mes siguiente ya le pondrían otra nueva, igual de vieja y desvencijada.
La vela seguía titilando con su tenue luz, como esperando el momento adecuado para sumir en la completa oscuridad aquella estancia. Mientras ella se acercaba, la llamita se movía danzante, como riéndose de sus infortunios. Entonces, simplemente, con su último aliento, ella misma extinguió ese último hilo de claridad que la ataba al mundo real. Esa llamita, que la aferraba a lo mundano, desapareció y el ciclo comenzó de nuevo. La oscuridad se hizo total, mientras su cuerpo y su mente comenzaron a cambiar: se dividían y contorsionaban. Como siempre, perdería la conciencia hasta el día siguiente.
Mientras tanto, los chicos de seguridad que custodiaban la habitación se miraban aterrados y, a la vez, lamentando la mala suerte de la hija de su señora. Sus gritos desgarradores, mientras su cuerpo se transformaba, helarían la sangre a cualquiera. Pero aún no habían hallado una cura a su maldición; un remedio que le impidiese convertirse en aquella bestia de ojos brillantes. Seguirían buscando, indagando y haciendo experimentos, pero de momento la contención era lo único que podían hacer. Los aullidos se escucharon por todo el edificio; con el servicio aterrado y preocupado a la vez. Y seguirían así al menos un par de días más; ya todos estaban enterados de aquel suplicio que se repetía todos los meses, desde hacía ya dos años.
Buscaban una luz al final del camino que, de momento, parecían no haber encontrado. Solo aquella pequeña estancia y la diminuta vela en ella indicaban los momentos de paz y lucidez en aquel ciclo que no parecía que fuese a tener fin.
Cuando se apagaba la luz, también lo hacía la esperanza y, consigo, todo el consuelo que ella pudiese encontrar; hasta que el nuevo amanecer trajese una nueva llama y una nueva oportunidad de redención.
¿Había alguien que pudiese salvarla de su castigo? Eso era lo único que todos deseaban.
AINHOA PASTOR SEMPERE