UN ERROR DE CÁLCULO
Todos creían tener la razón, vendían acciones, casi regalaban sus casas, lo cambiaban todo por el mejor viaje de sus vidas, por la mejor experiencia imaginable… ¡pues el mundo se acababa!
El consumo de drogas se triplicó, el tabaco se vendía como nunca jamás, las latas de conserva desaparecían de las estanterías de los supermercados… ¡porque el mundo se iba a acabar!
El rollo de papel del baño y de cocina se gastaba nada más reponerlos; la comida de perro se convirtió en algo de primera necesidad, los clientes arrasaban con los potitos para sus niños y conseguir leche en polvo se había convertido en una guerra… ¡porque el mundo llegaba a su fin!
Todos los noticieros lo decían, los expertos hablaban y cualquiera que tuviese un mínimo de cabeza lo sabía… ¡the end is near!
Personas acaudaladas vendían sus propiedades, para ganarse el favor de Dios; los altos cargos de empresas y religiones se deshacían en buenas acciones para tener un buen legado que dejar; todos se volvían locos por expiar los pecados (los tuviesen o no).
Semanas antes del suceso la gente estaba tensa, nerviosa e irritable. ¿Qué les esperaría tras aquel suceso? Y, los que no creían que aquello fuese para tanto, ¿cómo vivirían sus vidas luego, sabiendo que lo habían perdido todo?
El efecto 2000, lo llamaban. Más bien la rebelión de las máquinas. Por fin lo habían conseguido: la tecnología iba a acabar con la sociedad, con la civilización que tantos miles de años había costado construir. Los ordenadores se iban a volver locos. Misiles saltarían por los aires. Todos los sistemas de control iban a volver al año 00, por lo que todo lo que estuviese controlado por ellos iba a fallar: hospitales, carreteras, centros de inteligencia. Todo se iba a ver afectado y sería una catástrofe y un caos mundial.
Y llegó el día. El temido 31 de diciembre de 1999.
- Diez, nueve, ocho…- contaban hacia atrás todos los ciudadanos del mundo, esperando el final. El apocalipsis. – … tres, dos uno. ¡Feliz año 2000!
Nada pasó, nada se hundió, nada explotó. Los ordenadores hicieron click y pasaron sin pena ni gloria del año 1999 al 2000. Ni un solo cortocircuito, ni siquiera un chispazo. NADA.
La gente perdió sus casas, su familia, su salud e, incluso, la cabeza. Al día siguiente tendrían que volver al trabajo, a su monótona vida sin que nada hubiese justificado su locura y su desesperación.
El efecto 2000 expuso la locura a la que el ser humano está abocado, a la que está dispuesto a doblegarse. ¿Quién iba a pensar que eso pasaría? ¿Quién en su sano juicio creería que, realmente, el mundo no se acababa? Lo perdieron todo. Al menos, de eso estaban seguros, aquello los enseñaría a no entrar en pánico de nuevo, a ser un poco más racionales y a no acaparar de forma compulsiva objetos y alimentos que, a la postre, perecerían.
Era lógico, ¿no? Aquella locura no podía volver a suceder
AINHOA PASTOR SEMPERE
@shawara_aerenech