Portugal ya ganó un partido que España todavía no sabe que está jugando

Hoy juega España contra Portugal y, como siempre que hay un partido grande, nos pasaremos el día hablando de alineaciones, de bandas, de delanteros, de si conviene presionar arriba o esperar un poco más atrás, de si este jugador llega cansado o de si aquel otro está para ser titular. Es normal, el fútbol tiene esa capacidad maravillosa de detenerlo todo durante noventa minutos y convertir cualquier conversación en una mezcla de esperanza, nervios y memoria colectiva.
Pero mientras miramos el marcador, hay otro partido mucho más largo, mucho menos ruidoso y bastante más importante que Portugal lleva años jugando con una inteligencia notable. Un partido que no se decide en el área, sino en los despachos, en los aeropuertos, en los viveros de empresas, en las universidades, en los eventos internacionales, en la fiscalidad, en la atracción de talento y en la capacidad de un país para venderse al mundo como un lugar donde merece la pena vivir, invertir y crear. Y ahí, nos guste o no, Portugal se nos ha adelantado.
Durante mucho tiempo miramos a Portugal con una mezcla de simpatía y condescendencia. Era el vecino amable, cercano, bonito, algo más pequeño, algo más tranquilo, quizá menos ambicioso. España se sentía mayor, más fuerte, más relevante, más internacional. Nosotros teníamos Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, infraestructuras, turismo, grandes empresas, universidades, aeropuertos, sol, gastronomía y una marca país potentísima. Portugal parecía jugar otra liga.
Pero precisamente ahí estuvo su inteligencia: Portugal entendió que no necesitaba ser más grande que España para competir mejor en determinados terrenos. Entendió que, en el nuevo mapa económico, el tamaño ya no lo es todo. Que un país pequeño puede convertirse en una plataforma global si sabe elegir bien sus batallas, y eligió una con bastante acierto: atraer talento, startups, inversión y conversación internacional.
Lisboa no se convirtió en un símbolo tecnológico por casualidad, no fue solo porque sea una ciudad preciosa, ni porque tenga buena luz, ni porque se coma bien, ni porque esté razonablemente cerca de todo. Lisboa se posicionó, se trabajó, se vendió correctamente. Se convirtió en una palabra que empezó a sonar en la cabeza de fundadores, inversores, programadores, nómadas digitales y empresas tecnológicas de medio mundo.
Y cuando una ciudad consigue que la gente la asocie con futuro, ya ha ganado mucho antes de que lleguen las cifras.
El caso más evidente es Web Summit, puede parecer solo un gran evento tecnológico, una feria más, una semana de conferencias, stands, charlas y selfies con directivos de Silicon Valley. Pero es mucho más que eso, es una operación de marca país extraordinaria. Durante unos días, Lisboa se convierte en el escaparate tecnológico de Europa. Miles de emprendedores, inversores, periodistas, gobiernos y grandes compañías miran hacia Portugal, y eso deja huella tanto reputacional como económica. Es decir, no es solo por los acuerdos que se cierran, sino por algo más importante: por la percepción que se construye.
Porque en economía la percepción no lo es todo, pero abre muchas puertas. Si un inversor piensa en Lisboa como un lugar interesante para mirar proyectos, ya hay una ventaja. Si un fundador francés, alemán, brasileño o estadounidense se plantea Portugal como base europea, ya hay una ventaja. Si una empresa tecnológica incluye Lisboa en su mapa mental junto a Berlín, Ámsterdam, París, Londres, Barcelona o Madrid, ya hay una ventaja. Y esas ventajas, acumuladas durante años, terminan creando ecosistema.
España también tiene un ecosistema tecnológico muy potente, por supuesto, sería absurdo negarlo. Barcelona y Madrid están muy por encima de Lisboa en muchas métricas, tenemos talento, tenemos capital, tenemos grandes compañías, tenemos universidades, tenemos aceleradoras, tenemos fondos, tenemos una calidad de vida extraordinaria y tenemos sectores donde podríamos liderar claramente: turismo, salud, energía, agroalimentación, deporte, movilidad, inteligencia artificial aplicada a pymes, industria, logística, ciudades inteligentes.
El problema no es que España no tenga cartas, el problema es que muchas veces juega como si no supiera exactamente qué partida quiere ganar.
Portugal ha sabido construir un relato más compacto, menos disperso, más fácil de entender. Ven aquí, monta tu empresa, vive bien, conecta con Europa, habla con el mundo, accede a talento internacional y forma parte de una comunidad que se está moviendo.
Porque el mundo que viene no va a esperar a que España termine de ponerse de acuerdo.
Mañana, durante noventa minutos, todos miraremos el balón, y está bien que sea así. Ojalá gane España, ojalá pasemos. Pero cuando termine el partido, convendría recordar que hay otro marcador que no aparece en la televisión: El de quién atrae más talento. El de quién convierte mejor sus ciudades en ecosistemas. El de quién seduce mejor al capital. El de quién entiende antes que la tecnología no es un sector, sino la nueva infraestructura de la economía.
Y en ese partido, Portugal lleva tiempo compitiendo muy bien. España todavía está a tiempo de reaccionar. Pero primero tendría que darse cuenta de que también está jugando. 

Joaquín Lillo
Empresario | Tecnología, IA y economía | Presidente del Club de Opinión de Benidorm