OJOS VELADOS
Tumbado en la cama del hospital, con la respiración agitada y el pecho elevándose y deshinchándose con un leve quejido a cada rato, sus empañados ojos verdes me miraban junto con una agradable y calmada sonrisa.
Sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia todos lados de la blanca habitación, como intentando identificar dónde se encontraba. Y aunque tras varios segundos se centraban, su cabeza no era capaz de sincronizar sus ideas.
La blanca luz brillaba iridiscente en aquel estéril ambiente, sin nada que disturbase la paz que se respiraba. La habitación era solo para nosotros. El compañero había sido dado de alta por la mañana y por suerte aún no le habían encontrado un sustituto. Mejor así, pues por las noches este paciente era un suplicio. Los días pasaban calmados, con alguna que otra queja y altibajo, pero en general se mantenía con la mente ocupada. Darle de comer, pasear, asearlo, sentarse y charlar; todas aquellas actividades que lo mantuviesen lúcido y ocupado eran bienvenidas. Los largos monólogos, tan interesantes como a veces absurdos e innecesarios, marcaban el día como algo casi esperanzador. Pero las noches, oscuras y largas, lo convertían en un anciano huraño y gruñón. Era el momento donde sus males y pesadillas lo acosaban, sus demonios se cernían sobre su conciencia, ya de por si mellada por la avanzada edad. Su mente, brumosa y achacada por la enfermedad, muchas veces no concebía el mundo tal cual era. Se comportaba como una conciencia soñadora que viajaba a países lejanos, realizando grandes hazañas en la vida de ensueño que le hubiese gustado vivir. Y aunque aquello lo ayudaba a seguir adelante, también lo hundía en su más profunda miseria cada noche, cuando se veía postrado en la cama de aquel lujoso hospital.
Un día, sin más, comenzó a contarme sus grandilocuentes proezas, sus más ansiados sueños y sus vivencias más personales. Con casi un siglo de historia a sus espaldas era un anciano de cuerpo débil y mente vacua y por desgracia una persona sola, aunque no triste por ello. Nunca supe el por qué de su carácter relativamente alegre, pues nunca nadie vino a visitarlo y se lo veía alicaído de vez en cuando por ello. Nunca contó nada sobre amantes, amigos, familia o allegados. Sus renqueantes palabras y gestos solo explicaban, una tras otra, aventuras fantásticas que él creía haber tenido. Algunas parecían reales, otras inventadas, pero debía admitir que casi todas eran interesantes. Allí, tumbado en aquella cama de hospital, escuchaba sus narraciones cuando él tenía a bien contarlas. Una persona de tan avanzada edad como la suya, que había pasado por la Primera y la segunda Guerra Mundial, el Crash del 29 en Estados Unidos y que encima había vivido el franquismo, parecía abocado a una vida de miseria y mala suerte. Vivir cuatro de las experiencias históricas más dura del siglo XX marcaba a cualquiera.
Sus ojos, de un verde lechoso, ya no captaban la luz. Se había quedado ciego hacía un par de años, debido a la retinopatía que le produjo la diabetes que no se había controlado. Por suerte seguía teniendo sus extremidades intactas, por lo que salir a pasear por el bosquecillo que tenía aquel hospital aún era algo viable. Yo cuidaba de él, para eso me pagaban, aunque no sabía muy bien quién lo hacía, pues se comunicaban solo por teléfono. Doce horas al día pasaba al lado de aquel ajado anciano y sus batallas.
- Hoy es un bonito día. El cielo está claro, el sol brilla fuerte y la brisa es fresca. – dijo una mañana aleatoria de abril.
- ¿Cómo sabe usted que el cielo está claro? – pregunté sin darle mucha importancia. Ya me había acostumbrado a sus rarezas.
- Lo noto. En la brisa, en el aroma de las flores y en el calor de la piel. Bien era cierto que aquel era un día precioso. Extrañamente cálido para abril, pero por eso habían bajado sin una manta ni una rebeca ni nada para cubrirle los hombros.
- Ha sido una vida dura. - Hablaba claro, sin trabarse, y aquello me sorprendió. – He hecho muchas cosas mal y alguna que otra bien. – dijo casi lamentándose. No supe qué responder. – Pero es mi trabajo, al fin y al cabo, así que es algo inevitable. – Me miró con una tristeza tan profunda que hasta me chocó. - He disfrutado estos meses, pero tengo que pasar a la siguiente etapa. – Su tono, casi de disculpa, me dio un escalofrío. – Volvamos a la habitación.
Subimos al tercer piso, y en su cuarto había de repente un cúmulo de personas congregadas: médicos dando voces, enfermeras alteradas y unas cuantas personas fuera llorando. No entendí nada, pues en aquella estancia solo se alojaba mi paciente; o al menos así era hasta hacía apenas una hora.
- No te asustes. – me pidió el anciano, con una cálida sonrisa que no le había visto nunca.
Se me pusieron los pelos de punta. Intenté dar un sprint hacia la habitación, pero él me paró, agarrándome la muñeca con una fuerza que parecía sobrehumana. Me lo quedé mirando y su mirada estaba llena de compasión… ¿por mí?
Cuando se despejó un poco la entrada me permitió acceder al interior, donde había dos personas mayores llorando desconsoladas y una enfermera dándoles el pésame profusamente. Fue entonces cuando lo recordé todo y entendí el porqué de todo aquello.
- No quería asustarte. Aún había una posibilidad y necesitabas aún un tiempo de adaptación. Pero hoy esa fina línea se ha cortado. – Dijo el anciano, mientras yo asentía sin poder decir nada más.
En aquella blanca estancia, donde olía a medicamentos y desinfectante, solo había una cama ocupada, y no era precisamente por un viejo anciano.
- Maldita enfermedad. – fue lo único que atiné a decir.
AINHOA PASTOR SEMPERE