MARIQUITAS

Un adorable campo de petunias puede esconder un secreto mortal; de la misma forma  que un bosque oscuro y lleno de hongos, puede ser un lugar muy vivaz. Vivir la vida pensando que las cosas bonitas siempre lo son, y que las cosas feas  esconden oscuros secretos, es un error que muchos pagan caro. 

Los colores brillantes y alegres esconden venenos y mentiras enterradas; mientras que  los tonos apagados y apacibles suelen pasar desapercibidos, camuflándose. Tanto con  las personas como con la naturaleza, esa es una norma que todos deberían aprender y  seguir a pies juntillas. 

Eso pensaba, mientras observaba con atención a la roja mariquita que se posó en el  dorso de su mano. Desde siempre la naturaleza y su biología lo habían fascinado. Un bichito tan chiquitín, tan cuqui y que a casi todo el mundo le gustaba, escondía un modo  de vida depredador, agresivo e implacable. 

Algo que podía ser signo de belleza y libertad, era un asesino silencioso que los  humanos habían usado durante generaciones para acabar con plagas en las cosechas. Y  eso era lo que lo fascinaba: cómo la belleza podía convertirse en algo fatal. Sus colores brillantes avisaban a sus presas, pero maravillaban a los humanos, que las  criaban para su beneficio. ¿Habría en la naturaleza algún otro comportamiento igual? Él  no lo sabía, aunque conocía casos de simbiosis espectaculares entre especies bien  distintas. 

Pensaba en todo esto, mientras otra mariquita se posaba en una de sus falanges. Las  miró a ambas con felicidad y una gran sonrisa. 

- ¿Vas a venir o qué? - de súbito, volvió a la realidad. 

- ¿Has terminado ya con el entierro? - Ella le devolvió una cálida sonrisa. - Soy rápida, ya lo sabes. Y con las herramientas adecuadas, aún más. - La  pequeña retroexcavadora aparcada en el cobertizo lo atestiguaba. 

- De acuerdo, vámonos. 

Ella era espectacular, explosiva, sensual y seductora. Tenía todas las alarmas que  deberían haber mantenido a la gente al margen, pero que nunca lo hacían. Todos se  sentían atraídos hacia el peligro, hacia sus preciosos ojos ambarinos y aquellos carnosos  labios rojos, que daban ganas de morder y besar, bien lo sabía él. Y, cuando por fin los  tenía a su alcance, cuando por fin enseñaba sus colmillos, la víctima ya no tenía  escapatoria. 

Su esbelta figura embelesaba a cualquiera, aunque él había sido la excepción; por eso lo  había convertido, por eso habían pasado los últimos doscientos años cazando juntos. Ella era siempre la trampa y la ejecutora. Le gustaba ese juego de poder, disfutaba de  sus dotes y, como cualquier otro animal, debía alimentarse. 

No cazaban demasiado, pero cuando lo hacían (siempre juntos) era un festín. 

Por eso se habían comprado aquella enorme casa en el campo, con una gran extensión  de tierra. Por ello le habían cogido el gusto a la jardinería, porque como bien decía  desde el principio: un campo de petunias puede esconder un secreto terrible. 

AINHOA PASTOR SEMPERE