Luna de miel en Benidorm
Hola lectores de LEO RADIO, en esta ocasión quiero recordar el viaje de novios de aquellos dos celebres poetas que veranearon en nuestra ciudad en el año 1956, ahora, cuando se cumplen 70 años de aquel encuentro con el pintoresco pueblo de pescadores que sorprendió a ambos artistas y que comenzaba a convertirse en referente del turismo de playa en la nación, os hablaré del romance que aquí vivieron ambos poetas, de sus proyectos, de sus pensamientos e ilusiones, de sus necesidades, de su futura relación, así como, de la cara más y menos amable del amor y de la vida.
Luna de miel en Benidorm
No se le podía pedir más a la vida, eran jóvenes, guapos, brillantes y recién casados, ese especial estado de gracia y de inconsciencia en que uno piensa que el mundo se halla a su disposición y capricho. Hacía pocos meses que se habían conocido, pero eso no importaba, ahora tenían toda una vida por delante para hacerlo, se sabían el uno para el otro, para eso vinieron a este mundo, por eso hubieron de conocerse, para gozar juntos del amor y dejar que este fluyese libre y amable, sin resistencia, con ilusión.
Ahora se hallaban fascinados por la luz del Mediterráneo, esa luz intensa que ciega y embriaga a la vez, fascinados por aquel pueblo de pescadores donde la vida transcurría en medio de una calma sencilla y natural, deslizándose lenta como las olas sobre la arena, como la brisa entre las barcas. Aquello era un regalo. Se amaban.
Ella preparaba el almuerzo y a mediodía bajaban a la playa, era la mejor hora, pues entonces todos los turistas habían marchado a comer. Nadaban y jugaban, almorzaban, después dormían la siesta abrazados, arrullados por el mar.
Le gustaba su bikini blanco porque resaltaba más su bronceado, Benidorm era la única playa de España donde se permitía el uso del bañador de dos piezas; gracias a su alcalde D. Pedro Zaragoza Ort quien, con cuatro excomuniones a sus espaldas y multitud de denuncias por permitir tales escándalos en la población, corrió en su vespa hasta El Pardo para convencer y pedir a Franco dicha autorización pues, no de otra manera, la viabilidad de la modernización de Benidorm pasaba por el uso del bikini. Sylvia no entendía a las mujerucas del pueblo que vestían siempre de negro y parecían cuervos, todas guardaban luto a alguien, como las mujeres que trenzaban “filet” o remendaban las redes de los pescadores, que pena, pensaba ella, toda una vida de entrega y sacrificios a su familia, la mirada triste, el pelo recogido, las manos resecas y agrietadas por el trabajo diario. Las mayores la miraban como una turista descocada, ligera de cascos. Los tiempos habían cambiado muy deprisa, aunque allí parecían haberse detenido con el alborear del siglo y, era entonces, durante aquellos locos años cincuenta, cuando comenzaban a verse los turistas, los coches, los bikinis, los colores, el lujo: que locura de progreso.
Dormían la siesta sobre la arena, ella abrazada a Ted, él era tan fuerte, tan guapo, tan dulce, mientras, sólo se escuchaba el susurro de las olas, la vida era dulce en aquel rincón de España, allí era enteramente suyo, lo necesitaba, deseaba con ilusión unos días como aquellos, sólo para ellos, lejos del mundo, de sus prisas y ambiciones. Sólo ellos.
Se casaron el 19 de junio, después de visitar Paris, Madrid y Alicante- los días volaban, se iban en visitar amigos, palacios y museos, ciudades grandes con mucha gente, mucho tráfico, mucho ruido, sin apenas tiempo para estar juntos-, llegaban a Benidorm, donde, retirados de tantas voluntades e intereses, entre aquella gente sencilla, la vida se deslizaba como aquella brisa ligera.
A ella le gustaba bajar al caer la tarde al pequeño puerto para ver las barcas llegar cargadas de sardinas. Las veía saltar en los cajones, inquietas, los lomos resplandecientes, las bocas abiertas que buscaban respirar, los ojos asustados, sorprendidos, ¿qué hacían fuera de su medio? ¿apartadas de su mar?
Iban a mudarse de casa, habían encontrado una más económica y retirada del bullicio de la primera línea de playa. Ted le decía a Sylvia que era una despilfarradora, mientras se movía con dificultad en medio de aquellos cachivaches inútiles, souvenirs y artesanías locales, ¿cómo iban a llevarse todo aquello a Estados Unidos? A ella le fascinaba todo en aquel pueblo, donde veía “una extraña mescolanza de pobreza, limpia y llena de colorido, y hoteles color pastel, todo aparentemente como si lo acabasen de construir”, lo reflejaba en su diario, en los poemas, en las cartas que escribía a su madre, en los dibujos que hacía a lápiz y plumilla en su bloc, donde reflejaba los rincones más pintorescos, las casas viejas, las calles estrechas, aquellos personajes peculiares, los oscuros pescadores, las remendadoras de redes, las dependientas del mercado, le gustaba ir al mercado de la calle San Miguel, allí compraba las sardinas que había visto vivitas y coleando, “las sardinas plateadas sólo cuestan ocho pesetas el kilo”- y frutas, los higos, la uva, los melones tan hermosos. “Dentro de las oscuras cavernas de las tiendas hay grandes tinajas de vino, aceite y vinagre envueltas en paja trenzada”. Allí todo era autentico, primitivo, tenía fuerza, era original, verdadero, único.
Llegaron en el autobús de la Unión de Benisa una semana antes: “Después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles, una pequeña ciudad de ensueño, sentí instintivamente, igual que Ted, que ese era nuestro lugar.”
En el autobús, sentada en el asiento de atrás, venía una mujer viuda, la señora Mangada, que les ofreció su casa, en la avenida de Alcoy de la playa de Levante, a ellos, que no tenían reserva alguna y volaban a la aventuran, se les abrió el cielo, ¡vivirían frente al mar! En ella se alojaron una semana, pero era una zona muy ruidosa, mucho tránsito de gente por los bares y restaurantes, no había electricidad y tenían que compartir la casa con más gente, era una especie de pensión, “el agua de los grifos tenía un sabor extraño”, una semana después encontraron una casa que se acomodaba más a sus necesidades y economía en la calle Tomás Ortuño 59, del barrio del Calvari, al lado de lo que es hoy “El Pulpo Pirata”, donde vivieron el resto del verano, hasta bien entrado septiembre.
Aquel era otro Benidorm, el de 1956.
Sylvia Plath fue una de las poetas más reconocidas del género “confesional”, una mujer sufrida que luchó por los derechos de las mujeres con unos versos descarnados y duros, oscuros, propios de un alma atormentada. Recibió el Pulitzer de Poesía en 1982 de forma póstuma, 19 años después de su muerte.
Sufrió continuas depresiones, quedó muy afectada por la muerte de su padre cuando tan sólo contaba 9 años, en diferentes ocasiones intentó quitarse la vida, le diagnosticaron depresión clínica, hoy dicen que seguramente padecía de trastorno bipolar. El año anterior al de aquel verano fue ingresada tras un intento de suicidio en el Hospital McLean, donde la trataron con electrochoques, no existían entonces otros medios, aun así consiguió terminar el curso con notas brillantes y una beca que la llevó a Cambridge, donde conoció al poeta Ted Hugues del que se enamoró perdidamente.
Después del viaje de novios la pareja decidió trasladarse a Estados unidos, Plath comenzó a dar clases en el Smith College, la misma institución donde completó sus estudios. Poco tiempo después la muchacha descubrió a su marido coqueteando con una estudiante en el campus. Su corazón se rompió.
Tres años más tarde, cuando Sylvia quedó embarazada, decidieron regresar al Reino Unido. Vivieron primero en Londres, mudándose poco después a North Tawton, una pequeña localidad de Devon, allí, en 1960 tuvo a su hija Frieda y publicó su primer libro de poemas: El Coloso. Dos años después, tras pasar por la dura experiencia de un aborto, tuvo a Nicholas, su segundo hijo. Fue entonces cuando, harta de tantas infidelidades, decidió separarse de su marido. Necesitaba alejarse de él.
Aquel invierno, el del 62- 63, fue la época más dura de su vida, sola, con dos niños, lejos de su país y familia, enferma y con problemas económicos, Sylvia se hundió en el lugar más oscuro de su mente.
La mañana del 11 de febrero de 1963 la escritora se levantó, preparó el desayuno para sus hijos, después, metiendo la cabeza en el horno abrió la llave del gas.
Pero mejor regresemos al Benidorm de aquel verano del 56, la luz del sol resplandece sobre el mar tranquilo; todo es paz, equilibrio, todo está en calma.
Sirva este recuerdo de homenaje a los dos poetas cuando se cumplen 70 años de aquel lejano y delicioso verano. “Sentí instintivamente, igual que Ted, que habíamos encontrado nuestro rincón”: Sylvia realmente encontró la paz en Benidorm
Obra consultada: “Condé Nast Traveler, viaje a un libro: el Benidorm de Sylvia Plath”, “Sylvia Plath en Benidorm. Altair Magazine”, “Cuando Sylvia Plath veraneaba en Benidorm. Vanity Fair España”.
José Rafael Moreno Amorós