Javier Zapata: “Terra Natura es un parque enfocado a las familias, por eso todas nuestras acciones van directamente en su beneficio”

Cuando un viajero del siglo XIX llegaba a España, lo hacía con una mezcla de fascinación y temor. Las guías advertían sobre los caminos polvorientos, los bandoleros de Sierra Morena o las enfermedades que acechaban en las zonas rurales. Sin embargo, esa aura de riesgo era precisamente parte del atractivo. A ojos de los románticos europeos, España era un país detenido en el tiempo, donde todavía podía encontrarse la autenticidad que en el resto de Europa ya se perdía bajo el humo de las fábricas y el avance del progreso industrial. 

Para muchos, venir a España era como viajar a otro siglo. Las  costumbres, las fiestas populares, la arquitectura morisca y el carácter apasionado de sus gentes ofrecían un espectáculo humano y cultural inigualable. Los viajeros de la época no buscaban comodidad, sino experiencias, paisajes que inspiraran versos o lienzos que reflejaran lo exótico. 

Entre todos los visitantes, pocos dejaron una huella tan profunda como Washington Irving. En 1829, el escritor norteamericano se instaló en las estancias semiderruidas de la Alhambra de Granada. El monumento, olvidado y habitado por familias humildes, se convirtió en su refugio. Allí escribió sus «Cuentos de la Alhambra», donde mezcló historia, leyenda y emoción. Irving relataba cómo, al caer la noche, los ecos del agua y el  canto de los grillos convertían el palacio en un escenario de ensueño. Con su pluma, resucitó el esplendor nazarí y convirtió a la Alhambra en símbolo universal del romanticismo. A partir de entonces, Granada se transformó en un destino de peregrinación para artistas y curiosos. Aquellas páginas fueron, en cierto modo, una de las primeras campañas de promoción turística de la historia de España.