Isaac Blasco: “El término indignación se queda corto para valorar lo que Washington piensa ahora sobre el Gobierno de España”

La política exterior del Gobierno vuelve a situar a España en una posición incómoda, más allá de la irrelevancia. Mientras Francia, Grecia y Reino Unido refuerzan su despliegue en Chipre y Alemania respalda a Estados Unidos, el Ejecutivo socialista opta por una equidistancia que lo deja solo en el peor de los escenarios: el de la ambigüedad moral y la orfandad estratégica. España no puede permitirse estar donde hoy la ha colocado Sánchez, recibiendo elogios de actores que representan lo contrario a los valores democráticos que dice defender. No es una cuestión retórica, sino la constatación de una soledad diplomática inquietante y de las sombras en las que se adentra nuestra política exterior. 

El esquema geopolítico es sencillo y, a la vez, desolador: hoy los apoyos a la postura española se concentran en estados y grupos que vulneran sistemáticamente los derechos humanos, mientras se alinean en contra nuestros principales aliados, desde Washington hasta Israel, pasando por la OTAN y las democracias de nuestro entorno. Cabe, por supuesto, el debate sobre las formas de Washington y sobre la conveniencia de determinadas decisiones. Lo que no admite discusión es la diferencia ética y política entre una democracia aliada –con controles institucionales y rendición de cuentas– y un régimen criminal que oprime a su población desde hace décadas. Pretender situarse en la equidistancia entre ambos mundos no es neutralidad: es renunciar a un criterio moral básico. Estar lejos de la Casa Blanca por animadversión ideológica doméstica acaba, inevitablemente, por acercar a España a Teherán.