Hoy juega España, pero el verdadero marcador se decide fuera del campo

Hoy juega España. Millones de personas estarán pendientes del partido, del resultado, de la alineación, de los goles, de los errores, de los aciertos y de esa emoción colectiva que solo el fútbol consigue despertar. Durante noventa minutos, el país se concentrará en una pantalla y todos tendremos la sensación de que algo importante está en juego. Y lo está, pero quizá no solo en el césped.

Porque un partido de fútbol puede ser mucho más que un partido. Puede ser también una metáfora bastante precisa de cómo compiten los países, las empresas y las sociedades. Y, sobre todo, de cómo se gana o se pierde antes de que empiece el encuentro.

Ninguna selección llega a un Mundial por casualidad. Detrás de once jugadores hay años de cantera, entrenadores, método, preparación física, análisis de datos, inversión, disciplina, talento, sacrificio y una idea clara de juego. El éxito no aparece de repente, se entrena, y lo mismo ocurre con un país.
Un país no prospera por decreto, no se hace competitivo con eslóganes, ocurrencias ni ruedas de prensa. No se construye futuro castigando al que arriesga, sospechando del empresario, despreciando el esfuerzo o confiando en que la solución a todos los problemas salga publicada en el Boletín Oficial del Estado.
Un país se construye de otra manera: Con educación exigente, con cultura del esfuerzo, con empresas fuertes y personas preparadas; Con inversión productiva, con tecnología, con industria, con investigación, con ahorro, con seguridad jurídica, con administraciones que ayuden en vez de estorbar… Con respeto al mérito, con una sociedad que entienda que crear riqueza no es un problema, sino la condición necesaria para poder sostener todo lo demás.

En el fútbol lo vemos muy claro, nadie espera que una selección gane si no entrena, si no cuida su cantera, si no estudia al rival, si no invierte en preparación, si no selecciona a los mejores o si cambia de sistema cada dos semanas. Nadie pediría ganar un Mundial improvisando. Sin embargo, como país, demasiadas veces actuamos exactamente así.
Queremos competir con Estados Unidos, con China, con Asia, con los grandes polos tecnológicos del mundo, pero seguimos poniendo trabas a quien quiere crecer. 

Hablamos de innovación, pero llenamos de burocracia a quienes intentan innovar. Repetimos que las pymes son esenciales, pero las tratamos como si fueran una fuente inagotable de impuestos, obligaciones y sospechas. Decimos que queremos atraer talento, pero no siempre premiamos el talento. Decimos que queremos futuro, pero muchas decisiones parecen pensadas solo para sobrevivir al próximo titular.
España tiene talento, muchísimo. Lo veo cada semana en mi trabajo. Tengo la suerte de conocer a muchos empresarios de nuestro país: personas que arriesgan su patrimonio, que crean empleo, que invierten, que se reinventan constantemente y que siguen adelante incluso cuando el entorno económico, fiscal o regulatorio no se lo pone precisamente fácil.

También lo veo en las clases del Máster de Marketing. Cada curso encuentro jóvenes preparados, con inquietud, con ganas de aprender, de crear proyectos y de aportar valor. Hay talento, hay ilusión y hay capacidad. Eso me hace ser optimista sobre el potencial que tiene España.

Tenemos empresarios extraordinarios, autónomos que se levantan cada día sin red, científicos de primer nivel, profesionales admirados fuera de nuestras fronteras, universidades con enorme potencial, empresas innovadoras y una capacidad creativa que muchas veces no valoramos lo suficiente. Pero el talento, por sí solo, no basta. En el fútbol tampoco basta tener buenos jugadores si el sistema no acompaña.
A veces tengo la sensación de que España no tiene un problema de talento, tiene un problema de marco de juego, de liderazgo. Porque cuando las reglas del juego penalizan el esfuerzo, la inversión y el riesgo, el talento acaba buscando otro terreno donde competir.
Y ahí está el verdadero marcador, el marcador de la productividad, de la inversión, de la educación. El marcador de la innovación, de la tecnología, de la libertad económica; El marcador de la confianza institucional, de la capacidad de un país para no expulsar a quienes quieren construir.

Europa también debería mirar ese marcador… Durante décadas, el continente vivió convencido de que su modelo era suficiente. Mercado, bienestar, regulación, estabilidad y una cierta superioridad moral frente al resto del mundo. Pero el tablero ha cambiado: Estados Unidos acelera en inteligencia artificial, defensa, energía, capital riesgo y tecnología. China planifica a largo plazo, subsidia industrias estratégicas y compite con una ambición descomunal. Mientras tanto, Europa discute, regula, limita y muchas veces llega tarde.

No se trata de elegir entre protección social o competitividad, esa es una trampa falsa. La verdadera cuestión es que sin competitividad no habrá protección social que sostener, sin empresas fuertes, sin inversión, sin innovación y sin crecimiento real, todo lo demás acaba siendo deuda, propaganda o decadencia administrada.

Por eso el partido de hoy puede servirnos como recordatorio: Si queremos que España gane, pedimos esfuerzo, concentración, disciplina, talento, liderazgo y capacidad de competir hasta el último minuto. Lo exigimos porque sabemos que así se gana.

Entonces, ¿por qué no exigimos lo mismo como país?, ¿Por qué aceptamos que la cultura del esfuerzo sea vista con recelo?, ¿Por qué penalizamos tanto al que emprende?, ¿Por qué convertimos al empresario en sospechoso habitual?, ¿Por qué hablamos tanto de derechos y tan poco de responsabilidades?, ¿Por qué nos cuesta tanto entender que sin inversión no hay futuro y sin tecnología no hay soberanía?

Hoy queremos que España gane en el campo; es lógico, emocionante, humano. Pero cuando termine el partido, gane o pierda la selección, seguirá jugándose otro encuentro mucho más importante. Uno que no dura noventa minutos, sino décadas. Uno en el que no basta con animar desde la grada y en el que el resultado dependerá de lo que hagamos con la educación, con la empresa, con la tecnología, con la inversión, con el talento y con la libertad para crear.

Esta noche celebraremos los goles de España, ojalá mañana empecemos también a construir las condiciones para que España gane el partido que realmente decidirá nuestro futuro, y el de nuestros hijos.

Porque ese marcador no aparece en ningún estadio, se escribe cada día, en nuestras empresas, en nuestros colegios y universidades, en nuestros laboratorios, en nuestros talleres y en las decisiones que tomamos como país.

Porque las selecciones no ganan por casualidad, los países tampoco.