Francisco González: “El conflicto con Irán persigue lo mismo que en Venezuela, la dolarización del sistema financiero internacional”

La deriva de Pedro Sánchez no es nueva. Se acentuó con los pactos del presidente con fuerzas que siempre han desconfiado de la OTAN y lo occidental. Los servicios de inteligencia estadounidenses observaron con recelo ese giro. La pérdida de confianza tiene consecuencias tangibles en ámbitos sensibles como la cooperación en inteligencia, la defensa y la economía. España es una potencia media con intereses y vulnerabilidades claras; no puede jugar a la marginalidad estratégica sin pagar un precio elevado. Ese coste se agrava si se considera nuestra posición geográfica. España es frontera sur de Europa y gestiona equilibrios delicados en su vecindad inmediata. La presión sobre Ceuta y Melilla y la relación compleja con Marruecos exigen una diplomacia firme y alianzas sólidas. Ayer, ante la negativa del Gobierno a permitir el uso de las bases compartidas de Rota y Morón para la operación contra Irán, Trump afirmó que «no queremos tener nada que ver con España». De hecho ha dado instrucciones al secretario del Tesoro para que corte todas las relaciones con nuestro país.

La reacción de La Moncloa ante la crisis iraní no hace sino profundizar estas carencias. Se adoptan decisiones desleales con nuestros aliados y perjudiciales para el interés nacional. Y no por convicción ética, sino por el cálculo político de liderar el flanco más radical de una menguante coalición de izquierdas. El presidente invoca el lado correcto de la historia mientras conduce a España a un callejón diplomático sin salida. El lado sanchista de la historia no es el de los principios, sino el de la conveniencia inmediata. El precio no lo paga el presidente: lo asumen todos los españoles, en forma de menor influencia, menos seguridad y mayor incertidumbre en un mundo en crisis.