Santiago Alcarranza: “AQUA by DNA sigue cubriendo etapas y resolviendo dudas, en breve podremos empezar la construcción”

En el momento fundacional de Alternativa para Alemania (AfD), como reacción de un grupo de académicos y economistas del Bundesbank contra los rescates europeos, desde la conservadora Unión Cristianodemócrata (CDU), que ahora lidera Friedrich Merz, se asentía en silencio. Era el año 2013 y en Alemania se extendía sigilosamente una sensación de fraude: en contra de lo que los socios europeos habían prometido, la UE se convertía en un mecanismo de transferencia de deuda. La CDU mantuvo siempre su europeísmo, pero ambos partidos estaban tan cerca como permiten las escisiones: los fundadores de AfD, Bernd Lucke y Alexander Gauland, habían abandonado el partido dirigido por Merkel.

Hasta 2015, hubo entre los dos partidos acuerdos técnicos en comisiones municipales, votaciones conjuntas en presupuestos locales, y apoyo cruzado en mociones parlamentarias. Esta cooperación pragmática, motivada por la aritmética local, terminó en 2018. Para entonces, AfD tenía ya sus primeros diputados en el Bundestag y una nueva directiva se había hecho con el control del partido, reorientando su línea política hacia la inmigración y centrándose en la crisis de los refugiados. La cúpula de la CDU, bajo la presidencia de Annegret Kramp-Karrenbauer, mano derecha de Merkel, votó en junio de ese año la 'Unvereinbarkeitsbeschluss' (resolución de incompatibilidad), popularmente denominada «cortafuegos», que prohibía explícitamente la formación de coaliciones, acuerdos de gobierno y cooperación parlamentaria con AfD.

«Se subestimó a AfD, como a otros partidos populistas en Europa», juzga Marcel Lewandowsky, politólogo de la Universidad de Greifswald. En su opinión, «el cortafuegos ha resultado contraproducente porque ha dado tiempo a sus cuadros a profesionalizarse y buscar apoyos financieros, a prepararse meticulosamente para gobernar, a reclutar personal especializado».