EL REFLEJO DE UNA EXISTENCIA

Se miró al espejo sin esperar demasiado, como siempre. Su mirada, congelada en el  tiempo, no le devolvía más que tristeza reflejada en un rostro sin duda bello. El reflejo era vibrante, como de otro mundo, en aquel extravagante espejo de estilo  victoriano, rococó. La madera de su marco convoluto, que antes lucía un dorado acabado, ahora estaba desgastada, pelada y oxidada. Hacía años que nadie cuidaba de él,  al igual que ella hacía años que no cuidaba de su apariencia, porque tampoco hacía falta. El ovalado espejo, aunque desgastado, seguía cumpliendo la función de reflejar su  rostro. El argénteo material no se había deteriorado en absoluto, solo su marco parecía  sufrir el desgaste del tiempo, con su actual apariencia negruzca y oscura. Por el  contrario, ella seguía manteniendo intactas su elegancia y su belleza, atributos que todos  veían y apreciaban por si solos, porque nunca llegaban a ver su oscuro interior. Como una especie de Retrato de Dorian Gray, aquel espejo absorbía su negrura y la  asimilaba para si mismo, reflejándola en su cada vez más desgastada superficie, sin que  su cuerpo sufrieses el desgaste del tiempo. 
Era todo lo que aquella tarde podía ver, lo único a lo que su conciencia podía aferrarse. Últimamente se pasaba demasiadas horas antes aquel espejo, como un embrujo que se  hubiese pasado de rosca. Nadie se atrevería a detenerla, pues no era la única a la que le pasaba, y en su mundillo era lo más natural. Aferrarse a cualquier otra cosa hubiese sido  de ayuda, pero tampoco tenía a qué. Ahora solo se tenía a si misma, a su apariencia y a  aquel maldito espejo al que cada vez le cogía más asco. 


Atesoraba aquel objeto, heredado de su predecesora, como un premio bien merecido y con el paso de los años se había convertido casi en una maldición. Tal vez por ello su  mentora se lo había entregado: ella ya no podía soportar su influjo. Tal vez por ello  había decidido poner fin a todo y desaparecer de aquel mundo frívolo y banal, para irse  a vivir a las montañas. 
Siempre había pensado que el tópico de que las brujas viven en cabañas en medio del  bosque era poco más que un cliché extendido por las masas, pero cada vez entendía más  por qué sus compañeras se decantaban al final de sus años por una vida solitaria y  pacífica rodeadas de naturaleza. Ser modelo, actriz y persona pública era muy difícil;  pero era donde ellas más florecían. Realmente nadie lo sabía, pero muchas de las  celebridades a las que la gente veneraba no eran más que brujas y brujos que  necesitaban vivir de ello. La adoración, el culto e, incluso, el fanatismo, eran la energía  que necesitaban para mantenerse vivos, vibrantes y bellos. Nadie superaba en eso a los  de su clase, pero todo ello suponía un gasto espiritual que con el tiempo se apoderaba de  ellos y era cada vez más difícil de controlar. Debido a ello, al final solían acabar desapareciendo de la mirada pública, se retiraban o exiliaban a zonas tranquilas y  monótonas donde poder seguir con su existencia, hasta sus últimos y pacíficos días,  mientras la energía que corría por sus venas se drenaba poco a poco, hasta hacerlos  desvanecerse como un bonito sueño. Por eso, muchas veces personajes famosos  desaparecían de la vista pública de forma súbita, repentina o, directamente, no se volvía  a saber de ellos; era su forma de decidir el retiro. Los que no lo hacían, los que decidían continuar con el misterio, con esa cara pública y embriagante, con ese actuar felino e  insinuante solían acabar mal, muy mal. Por eso, muchos se recreaban en las drogas y el  alcohol en exceso e, incluso, en contadas ocasiones, en actos realmente aberrantes. Ser  parte de esta comunidad de seres supernaturales era toda su esencia, su ser y lo que los  definía. Vivían de esa energía, de esa validación externa y esas alabanzas. Se regocijaban en que los tuviesen en un pedestal, hasta que inevitablemente caían de él. 


Se miró de nuevo en aquel rocambolesco espejo y, de nuevo, la mirada que le devolvió  fue de ojos brillantes, vivos y muy tristes, demasiado tristes. Seguía teniendo su belleza,  su fama y su estatus, pero aquel objeto no hacía sino recordarle que todo aquello se  marchitaría y acabaría por desaparecer. ¿Debía tomar cartas en el asunto? La idea de  retirarse la asustaba, pero más aún la de convertirse en alguien o algo que no reconocía;  en un recuerdo de la que fue, de lo que hizo, solo por intentar mantenerse en un mundo  tan fútil y fugaz. No era mayor de cincuenta años, pero sabía que mantenerse en ese  mundillo le iba a costar fuerzas que quizá ya no fuese capaz de conjurar. Conocía pocos ejemplos de su especie que se hubiesen podido mantener cuerdos y  sanos hasta su verdadera muerte, porque esa era justo otra idea que le rondaba la cabeza.  ¿Podría llegar a realizarla? Fingir su muerte, desaparecer súbitamente y que nunca nadie  volviese a saber de ellos, era típico en el final del camino para su especie. Conocía  muchos casos famosos y, tal vez, ella fuese a convertirse en el nuevo escándalo. 


- ¿Estás lista? – escuchó desde la puerta de la habitación. Se giró de golpe. - ¿Otra  vez mirándote en el espejo? Deberías dejar de hacerlo. 
- Y tu deberías pensar en jubilarte. - respondió, dejando el espejo sobre el tocador. - Sabes que no puedo hacerlo. 
- No quieres hacerlo. – contestó ella desesperada. 
- ¡No! ¡No quiero! Aún me quedan años para disfrutar. 


No quiso añadir nada más, tal vez tenía razón o tal vez no. De lo que ella estaba segura era que ya lo había decidido. Su cabaña en el campo era su siguiente paso, ¿o tal vez  plantear su salida? Fuese lo que fuese antes, esta iba a ser su última fiesta, su último  chute de esa embriagante droga llamada adoración y de la energía que sacaba de ella. Ya estaba cansada, el espejo le había mostrado su futuro y ahora solo quería descansar. Fuese sola o acompañada, eso ya no importaba. 


AINHOA PASTOR SEMPERE 
@shawara_aerenech