EL MEJOR VIAJE
Tenía los brazos largos, los dedos finos y la manicura más perfecta que había visto en años. Sus piernas, también largas como un día sin pan, eran torneadas y musculosas. Vestía un gracioso vestido veraniego, aprovechando los últimos días de calor extrema que aún les quedaban, y llevaba unos curiosos tacones blancos que la hacían más alta de lo que ya lo era.
En la festiva noche sus ojos, azules como el mar que los rodeaba, lo miraban casi con deleite y los labios, entreabiertos, eran rojos como un espectacular amanecer en aquella época, que tantos recuerdos y deseos despertaban en todo el mundo. El verano era una estación curiosa: un calor que solo soportaban graciosamente los que lo disfrutaban, de vacaciones, bajo el ventilador o el aire acondicionado del hotel; pero que angustiaba a todo aquel que se viese obligado a trabajar en sus agobiantes condiciones. Calor, sol, humedad, sal y playa, eran su descripción perfecta de aquella estación que tan felices los hacía.
Llevaban años juntos, recorriendo el mundo. Desde lugares cálidos, a las tierras heladas más inhóspitas del planeta. Habían visitado todos los continentes. Sí, todos; incluido la Antártida. Aquel no había sido un buen viaje, recordó con angustia; preferían las zonas exuberantes, llenas de vida y ajetreo. Las áreas más bulliciosas, allí era donde
prosperaban.
Su vida era simple, de placeres mundanos y sin complicaciones: comer y desplazarse; desplazarse mucho. No solían quedarse en ningún sitio más de un año y, por ello, tampoco tenían una red de contactos, influencias o amistades que los respaldasen; pero no les importaba demasiado: se tenían el uno al otro. Siempre había sido así y siempre lo sería.
La bella sonrisa de la que era su mujer lo embelesaba cada mañana. El amor, el deseo y la lealtad que sentía por ella eran su forma de vida. Nunca había querido a nadie como la quería a ella; y sabía que ella sentía lo mismo por él. Habían explorado infinidad de parajes, disfrutado un sinfín de paraísos y probado innumerables fuentes de alimento;
pues, al fin y al cabo, eso era lo que los humanos eran para ellos.
Su mujer, ya saciada, sonrió con su mejor sonrisa. Sus rojos labios, aún manchados de aquella viscosa sustancia roja, eran la cosa más preciada para él, que la miraba hechizado por sus movimientos. No esperó ninguna otra señal y fue entonces él quien se afanó en morder el cuello de aquel extraño que languidecía antes ellos. Era una noche preciosa, como hacía meses que no la veían. La Luna menguante decoraba el despejado cielo como un guiño curioso al mundo. No se veía estrella alguna, pues la contaminación lumínica de la ciudad lo impedía, pero él estaba seguro que brillaban en todo su esplendor en un lugar no muy lejos de allí. El viento, caliente y agobiante, aún a pesar de las horas, le daba aún más sed y contrastaba con su piel fría y pálida. Bebió como si no hubiese probado ese néctar en años. Tan desesperado estaba que fue ella esta vez quien tuvo que pararle los pies, pues había apretado tanto el mordisco que estaba comenzando a formarse un hematoma en su
víctima. No pretendían matarlo, como casi nunca lo hacían, y aquella vez no iba a ser diferente. Eran vampiros, no asesinos.
Saciaron su sed con aquel hombre de mediana edad, borracho como una cuba y, probablemente, drogado hasta las cejas. No solían elegir presas tan volátiles o frágiles, no solo por el riesgo que incurría, si no también por los efectos que su sangre tuviese luego en ellos. Pero esa era una noche especial, una ocasión para celebrar y disfrutar de las embriagantes esencias que hora ya no podían apreciar por si solos. Era su aniversario e iban a pasarlo en grande, a darse un homenaje como no lo hacían en todo el año: con un viaje astral provocado por el alcohol y las drogas, que los iba a dejar para el arrastre durante días, pero que iban a disfrutar como en su juventud. Uno al año no hace daño y ese día se lo merecían.
Una vez saciados ambos, se besaron apasionadamente, aún con el pegajoso líquido en sus bocas. Ella sonreía abiertamente, él la miraba con adoración,
- Te quiero.
Fue lo último que ambos dijeron, al unísono, antes de comenzar con las alucinaciones que los llevarían a otro tiempo y lugar. Mejores o no, eso ya lo valorarían luego. Ahora solo querían disfrutar de ese momento infinito.
AINHOA PASTOR SEMPERE.