EL CREMATORIO DE LA VIVIENDA
J.A. AGUILAR – Colaborador en la sección MUNDO NOIR, del programa AIRE FRESCO
Hay novelas que envejecen y novelas que esperan. Crematorio, de Rafael Chirbes, pertenece claramente al segundo grupo. Publicada en 2007, en pleno apogeo del boom inmobiliario, la obra parecía un retrato feroz de un momento histórico concreto: la España del pelotazo urbanístico, las recalificaciones sospechosas y los promotores que convertían el litoral mediterráneo en una sucesión de urbanizaciones. Sin embargo, casi veinte años después, su lectura sigue resultando incómodamente actual.
Las polémicas vividas en el presente año, con dos casos paradigmáticos, a modo de ejemplo, como lo han sido la adjudicación de viviendas de protección oficial en Alicante o el desahucio de Maricarmen, en Madrid, ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja cuestión española: qué ocurre cuando la vivienda —un derecho social— entra en contacto con el poder político, el valor del suelo y las redes de influencia. No es exactamente el mismo escenario que el que describe Chirbes en Crematorio, pero los ecos son reconocibles.
En la novela, el protagonista Rubén Bertomeu construye su imperio sobre una lógica simple: quien controla el suelo controla el dinero, y quien controla las relaciones controla el suelo. Chirbes no se limitaba a denunciar la corrupción explícita; su mirada era más amarga. Mostraba un sistema donde la frontera entre lo legal, lo conveniente y lo moral se volvía cada vez más difusa. Todo podía justificarse: el progreso, el empleo, el crecimiento económico. Y mientras tanto, el paisaje —y los valores— se iban quemando lentamente en ese crematorio metafórico que da título al libro.
La polémica alicantina no habla de macroproyectos ni de urbanizaciones gigantescas. Habla, paradójicamente, de algo mucho más pequeño: 140 viviendas protegidas. Pero precisamente ahí está la clave del problema. En la España de 2026 ya no vivimos el exceso inmobiliario del pasado; vivimos su reverso: la escasez. La vivienda asequible es hoy uno de los recursos más disputados de la política urbana.
Cuando un bien escaso depende de decisiones administrativas —listas, baremos, adjudicaciones— aparece inevitablemente una pregunta incómoda: quién se beneficia realmente del sistema. Y cada vez que surge esa sospecha, por pequeña que sea, el daño institucional es inmediato. Porque las viviendas protegidas no son solo ladrillo; son un símbolo del compromiso público con el derecho a la vivienda.
Máxime cuando entran en escena los llamados fondos buitre, a los que mi admirado Paco Gómez Escribano les dedicó una magnífica novela, con ese mismo título Fondo buitre, donde el sacrosanto derecho a la propiedad, supera y vilipendia el no menos sagrado derecho a una vivienda digna, como promulga el artículo 47 de la Constitución española.
Lo que Chirbes entendió antes que muchos analistas es que el urbanismo no es simplemente una cuestión técnica. Es una cuestión de poder. Decidir qué se construye, dónde se construye y para quién se construye determina la estructura social de una ciudad durante décadas. Por eso los conflictos urbanísticos en España siempre han tenido una carga política y moral tan intensa.
En Crematorio, el paisaje mediterráneo acaba convertido en una metáfora de un país que ha perdido el control de sus propios límites. Hoy el problema ya no es la expansión infinita de grúas y promociones. El problema es quién accede a lo poco que queda disponible.
Tal vez por eso la novela de Chirbes sigue resultando tan perturbadora. Porque no hablaba solo de corrupción o de especulación. Hablaba de algo más profundo: de la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a que lo público termine sirviendo, directa o indirectamente, a intereses privados.
La literatura no resuelve escándalos ni investiga adjudicaciones. Pero a veces ofrece algo igual de importante: perspectiva. Y en ese sentido, releer Crematorio hoy es recordar que las tensiones entre política, suelo y dinero nunca desaparecen del todo. Solo cambian de forma.
Quizá la lección más incómoda sea que el crematorio del que hablaba Chirbes no era solo el del paisaje. Era también el de las expectativas colectivas. Y cuando lo que está en juego es la vivienda —el lugar donde una vida se construye— convendría asegurarse de que ese fuego no vuelva a encenderse.