Diego Zaragozí: “Cuando termine mi tránsito por la política, quiero seguir pudiendo pasear por Altea con tranquilidad”

Aunque a su manera, Altea sigue siendo lo que fue. Con sus callejuelas empedradas y sus casas blancas engalanadas con la algarabía cromática de geranios, jazmines y buganvillas, no ha abandonado la esencia de pueblo mediterráneo. Una postal que le ha valido el sobrenombre de ‘la cúpula del Mediterráneo’ pero que, más allá de ser un reclamo turístico de la provincia de Alicante, reivindica su belleza, legado cultural e historia.

Este legado cultural bebe de su pasado íbero, romano, musulmán y cristiano, visible en sus museos, monumentos y barrios. Su casco antiguo, conocido como el Fornet, revela la herencia morisca que la ha acercado al mar y ha llenado sus fachadas de azulejos. Los vecinos todavía llaman al mirador de la plaza "la muralla", de la que permanecen la Torre de Galera y la de Bellaguarda y los accesos del Portal Nou y del Portal Vell.

Subiendo por la calle Major, sin saber cómo, uno se topa con el primer peldaño de la escalera de la iglesia, toda embaldosada de una piedra negruzca que conduce hasta Nuestra Señora del Consuelo. Es aquí donde el emblema alteano por excelencia de 'la cúpula del Mediterráneo' adquiere especial relevancia gracias a las baldosas color azul marino que recubren las dos cúpulas de la iglesia y que atrapan todas las miradas. Aunque podría decirse que en Altea hay otra cúpula: el promontorio en el que reposa frente al Mediterráneo. Precisamente, se cree que su nombre bien procede del árabe ‘attalaya’, haciendo referencia a su posición elevada, bien del griego ‘Althaia’, que significa ‘curar’.

 

Podríamos seguir por este sendero literario horas, pero por desgracias cuando en un medio de comunicación se toma la decisión de entrevistar a alguna de sus autoridades políticas, el oyente tiende a pensar que toda la conversación girará en torno a la crítica y el drama. Aquí intentamos lo contrario. AIRE FRESCO no quiere tampoco perder su esencia y nos entregamos a pensar que los políticos son algo más que los receptores de la crítica negativa, estando seguros que, aunque sólo sea a ratos, también dedican parte de su tiempo a saborear todas esas esencias positivas que desprenden los pueblos que gobiernan.