La caída del líder rifeño no significó el fin de la resistencia marroquí, sino una profunda metamorfosis estructural: marcó el fin del histórico nacionalismo tribal, guerrillero y armado, y dio paso al nacimiento del nacionalismo urbano, civil y moderno, que tres décadas más tarde conseguiría la independencia total del país.
La derrota militar de la guerrilla de Abd el-Krim demostró a las élites intelectuales marroquíes que la fuerza de las armas tradicionales y el aislamiento tribal ya no podían derrotar a los ejércitos industriales europeos. Entonces, el testigo de la resistencia pasó de los guerrilleros del Rif a los jóvenes universitarios, burgueses y ulemas de las grandes ciudades (Fez, Rabat, Casablanca).
Y, sorprendentemente, a partir de 1926, por primera vez en siglos, todo el territorio geográfico de lo que desde Europa se considera que es Marruecos quedó unificado bajo una única autoridad administrativa real controlada tanto por el Majzén como por las potencias coloniales. Hasta 1926, el sultán de Marruecos nunca había gobernado realmente sobre Bled al-Siba: el Rif y las montañas del Atlas.
Así llegamos a Al Fassi y el nacimiento del Istiqlal gracias a una nueva generación de jóvenes nacionalistas —influenciada por el panarabismo y las ideas democráticas francesas— que fundaron varios movimientos políticos modernos que llevarían a la fundación del Partido del Istiqlal (Independencia).
La IIGM tuvo su papel. Marruecos fue punto de desembarco de la Operación Torch (noviembre de 1942); el Protectorado estaba la órbita de la Francia de Vichy y aquello suponía atacar al III Reich.
Al-Fassi y los suyos esperaron la oportunidad y en cuanto estuvo encaminado el resultado de la guerra en Europa, en Rabat, el 11 de enero de 1944, Al-Fassi presentó ante el sultán y los cónsules generales de EE. UU. (Feliz Cole) y Reino Unido (Francis Stone Bird) el manifiesto del partido Istiqlal firmado por los más importantes líderes nacionalistas marroquíes. En el manifiesto del partido Istiqlal se solicitaban la independencia del país en su integridad territorial y bajo la égida del sultán Mohammed V, así como la adhesión de Marruecos a la Carta Atlántica y su participación en la Conferencia de Paz. Reconozcamos que siempre han sabido jugar muy bien sus bazas. Francia fue absolutamente puenteada y ninguneada. Es más: los nacionalistas se apoyaron en la promesa implícita de descolonización que el presidente Franklin D. Roosevelt le había hecho al sultán Mohamed V durante la Conferencia de Casablanca en 1943, pasándose por el arco del triunfo los intereses de París.
Pero la reacción oficial de los diplomáticos angloamericanos ante el Manifiesto de Independencia de Marruecos fue de cautela extrema, frialdad e incomodidad; que los de abajo consiguen escribir y que quede lo que ellos quieren; pero están los archivos.
No obstante, Francia y España —¡Olé, qué visión de la jugada!— habían apuntalado la figura del sultán Mohamed V en 1927 creyendo que sería un títere dócil para mantener calmada a la población tradicional tras las turbulencias de la Guerra del Rif. Pero el sultán les salió rana y se unió al nacionalismo. En lugar de aislarse en el Palacio, Mohamed V se alineó de forma clandestina con los herederos políticos del descontento de Abd el-Krim y los intelectuales urbanos que proliferaban como moscas gracias a la implantación de modernos sistemas de educación bajo el dominio francés del Protectorado, que estaba formando a las élites de país. Lo de siempre: ¡qué malo es leer!; aunque es mucho peor saber interpretar lo escrito.
En aquellos años, como decíamos, Mohamed V asumió las tesis independentistas, convirtiendo a la Corona Jerifiana en el símbolo indiscutible de la unidad nacional frente a los colonizadores, lo que culminó con el fin del Protectorado en 1956. En definitiva, el Marruecos posterior a Abd el-Krim fue el laboratorio donde se forjó el Estado-nación centralizado actual; se abandonó la fragmentación regional de las tribus y se construyó una identidad nacional cohesionada alrededor de la figura del monarca, sentando las bases institucionales del Marruecos del siglo XXI.
Ahora mismo podemos decir sin ambages que la economía de Marruecos se ha repuesto por completo de la asfixia financiera, la quiebra del Majzén y la pérdida de soberanía económica que experimentó entre 1911 y 1912. Ha pasado más de un siglo: ya saben lo de no hay mal que cien años dure (y cuerpo que lo resista).
Y la verdad es que tras alcanzar la independencia en 1956, el país pasó por décadas de reconstrucción institucional y, en el siglo XXI, se ha consolidado como una de las economías más estables, dinámicas y diversificadas del norte de África.
Y si no queremos verlo, es un grave problema. Otra cosa es la cuestión social. Hoy en día, Marruecos es una potencia económica emergente que compite directamente en mercados internacionales de alto valor añadido, pero tiene un pesadísimo lastre social que es un problema enquistado letal.
Recordemos: Francia dividió el país de forma invisible en dos, al modo de Bled al-Makhzen (Tierra del Gobierno/Orden) y Bled al-Siba (Tierra de la Anarquía/Disidencia). Francia fue más sutil y las llamó el ‘Marruecos útil’ (las llanuras costeras del Atlántico, ciudades como Casablanca o Rabat, ricas en agricultura y fosfatos) y el ‘Marruecos inútil’ (que ya se pueden imaginar). El ‘útil’ recibió toda la inversión en infraestructura y el ‘inútil’ (las regiones montañosas del Rif y el Atlas, habitadas mayoritariamente por bereberes/amaziges) quedó completamente marginado.
Vuelvo al principio: Lyautey tuvo la culpa.
Las mejores tierras agrícolas fueron expropiadas para colonos franceses. Esto provocó el empobrecimiento del campesinado tradicional y el inicio de un éxodo rural masivo hacia las periferias urbanas, originando los primeros bidonvilles (chabolas) en Casablanca.
Hasán II (1961-1999) se centró en consolidar el poder; su poder. Zonas históricamente rebeldes al Majzén, el poder central, como el Rif, sufrieron un castigo económico y militar deliberado (los años del plomo). La falta de inversión pública cronificó la pobreza y empujó a la población a la emigración hacia Europa o al contrabando. En los años setenta y ochenta la crisis económica y los planes de ajuste del Fondo Monetario Internacional (FMI) obligaron al gobierno a recortar subsidios hasta en lo básico, lo que agravó la situación y desató violentas protestas sociales (como las de Casablanca en 1981 y Fez en 1990), reprimidas con dureza. El gasto público se desvió hacia la seguridad del Estado y el conflicto del Sáhara Occidental, dejando la educación pública y la sanidad en niveles mínimos de calidad.
Con Mohamed VI se inició una estrategia de modernización económica, pero con un impacto social desigual generando dos realidades paralelas. Por un lado tenemos que el Estado ha invertido miles de millones en trenes de alta velocidad (Al Boraq), puertos colosales (Tánger Med) y energías renovables (planta solar de Ouarzazate). Y por el otro que ha aumentado la desigualdad social. Las macroestructuras coexisten con un Marruecos rural profundo que carece de agua potable, sólo dispone de pistas y carreteras secundarias y faltan hospitales dignos.
El sistema educativo no se adaptó al mercado laboral. Como consecuencia, una enorme parte de la juventud urbana padece desempleo crónico, y más del 30-40% de la actividad económica sigue dependiendo del sector informal (venta ambulante, subempleo).
Nadie nos lo contó con detalle, pero entre finales de 2016 y mediados de 2017 el Rif se movilizó. El Hirak del Rif fue una oleada de protestas ciudadanas de carácter social, económico y cultural que sacudió la históricamente postergada región del Rif, en el norte de Marruecos lo que se convirtió en uno de los desafíos políticos más importantes para el reinado de Mohammed VI.
Marruecos arrastra hoy una fractura social dual. Por un lado, una élite económica y una clase media urbana conectadas a la globalización; por el otro, millones de ciudadanos atrapados en la vulnerabilidad económica, donde la emigración clandestina (el haraga) sigue siendo vista por muchos jóvenes como la única vía de ascenso social. El índice de desarrollo humano (IDH) de Marruecos sigue reflejando el peso de este desequilibrio histórico aunque se sitúa en 0.710 (posición 120 del mundo). Ese 0’710 coloca al país norteafricano en el grupo de naciones con desarrollo humano alto. Sin embargo, Marruecos presenta una brecha muy profunda al compararse con España (IDH 0’918, posición 28), Francia (IDH 0’920, posición 26) y el promedio de la Unión Europea (UE), considerados como índices muy altos.
Pero la Renta Nacional Bruta señala la mayor brecha de todas. Aunque Marruecos es una economía dinámica en la región, su Renta Nacional Bruta (RNB) per cápita ajustada por paridad de poder adquisitivo (PPA) es cinco veces menor que la de España y seis veces menor que la de Francia. Esto se debe al peso que todavía tiene el sector informal y a la baja productividad de amplias zonas rurales.
Pese a todo, Marruecos avanza y hay que tenerle siempre en el visor y en el retrovisor.
Me preocupa —¿pero quién soy yo?— el plan estratégico de Marruecos para convertirse en el líder indiscutible de las energías renovables y el hidrógeno verde en el norte de África. Sí, no me pierdan de vista la macro estrategia gubernamental L’Offre Maroc (La Oferta Marruecos) que persigue posicionar Marruecos como el hub energético global por excelencia, capitalizando sus excepcionales condiciones climáticas (sol y viento) y su proximidad estratégica con la Unión Europea. Con este plan, Rabat busca no solo asegurar su independencia energética, sino erigirse en el principal socio y proveedor de energía limpia de la Unión Europea, desafiando directamente los planes de países como España.
Es más, el plan contempla la creación de corredores de hidrógeno verde para abastecer los centros industriales de Alemania y los Países Bajos pasando muy mucho de España. Se han designado cuatro puertos estratégicos (Tánger Med, Mohammedia, Jorf Lasfar y Tan-Tan) para almacenar, adecuar y exportar el hidrógeno y sus derivados químicos por vía marítima, aunque oficialmente nunca han descartado que puedan hacerlo a través de España.
Marruecos ha reservado un área pública sin precedentes de un millón de hectáreas destinadas exclusivamente al despliegue de infraestructuras renovables (eólica y solar) y plantas de electrólisis acoplada a la desalación de agua de mar (para no comprometer los acuíferos locales) y la posterior transformación en derivados de transporte sencillo como el amoniaco verde, metanol y combustibles sintéticos en las áridas regiones del sur y del Sáhara, idóneas por sus niveles récord de radiación solar y constantes vientos costeros que le dan una superventaja económica sobre las propuestas españolas del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde —que se asienta sobre dos de los polos químicos y petroquímicos más potentes del país: Palos de la Frontera (Huelva) y San Roque (Cádiz / Bahía de Algeciras— o el Corredor Vasco (BH2C; el Hub Tecnológico del Norte) con epicentros en la refinería de Petronor en Muskiz y el Puerto de Bilbao. Tenemos las bendiciones de la UE y las certificaciones, pero, de momento, Berlín ya recibe el marroquí.
Hay más mucho más en este campo; tanto, que asusta.
Conviene conocer al enemigo. Lo de Ceuta es una puntadita más. La punta del iceberg de lo social que es tan grande que no nos deja ver todo lo que viene detrás.
Hay que meter la esencia de Rudolph Kjellen en día a día. Ya está bien de decir que “¡es tonto!”, pero resulta que “¡no da vueltas!” y va a lo suyo mientras nos ensimismamos con su última provocación.
Podía sacar a pasear hasta las reminiscencias de proceder con el METI/MITI japonés y el concepto del estado desarrollista, que tan bien se conoce desde la Geografía, que (¡no olviden!) es la madre de todas ciencias. Ya, como fantasmas de mi sueño, solo veo Zaibatus/Keiretsus “a la marroquí” por todos lados. Y me preocupa, ¡oiga!
Le apuntan a Giacomo Casanova la frase: “El hombre que olvida las ofensas de su enemigo no demuestra grandeza de alma, sino cobardía o estupidez. Al enemigo se le devuelve el golpe multiplicado por diez, o se espera en silencio el momento de verlo caer”.
Aquí, presiento, hay más de uno que ha leído a Casanova.
Aunque Casanova hablaba desde el individualismo libertino del siglo XVIII, su lógica describe con precisión quirúrgica el funcionamiento del Majzén marroquí, un sistema de poder tradicional que no olvida los agravios históricos, rechaza la diplomacia de la complacencia y domina a la perfección el arte de la paciencia estratégica.
El proceder político de Rabat se alinea con la cita de Casanova a través de tres claves fundamentales.
Una puede ser la de las relaciones hispano-marroquíes. En Rabat, el Palacio Real rechaza la retórica del pacifismo o la “buena vecindad” desinteresada cuando entran en juego sus intereses vitales (como el reconocimiento de la soberanía sobre el Sáhara Occidental). Para el proceder marroquí, ceder o pasar por alto lo que consideran una ofensa —como la hospitalización secreta del líder saharaui Brahim Ghali en España en 2021— no es un gesto de madurez diplomática, sino una muestra de debilidad que el rival terminar por explotar.
Rabat considera que la firmeza implacable es la única forma de infundir respeto mutuo (“Al enemigo se le devuelve el golpe multiplicado por diez”) Cuando Marruecos se siente agraviado por Madrid, su respuesta suele ser asimétrica y fulminante, diseñada para forzar la capitulación política del gobierno español. Así lo vimos en la crisis de Ceuta de 2021. Tras el “desplante” de España con el caso Ghali, Marruecos respondió abriendo deliberadamente los perímetros fronterizos de Castillejos, permitiendo la entrada masiva e irregular de más de 10.000 personas en Ceuta en apenas 48 horas. Cabeceras como El País, El Mundo o ABC describieron la inacción de las fuerzas de seguridad marroquíes como una «estrategia de presión» o «arma geopolítica» intencionada; y después nos lamentamos con la crisis humanitaria. Luego planteó la “asfixia económica” con la suspensión unilateral de las aduanas comerciales de Melilla o el estrangulamiento del paso de mercancías en las fronteras terrestres.
Y luego está la paciencia estratégica. Esta es, ¡rasguémonos las vestiduras!, la mayor fortaleza de la diplomacia marroquí frente a los ciclos democráticos de España.
Mientras los gobiernos españoles cambian cada cuatro años —y están sometidos al desgaste de la opinión pública— , el Majzén es una estructura permanente que planifica a décadas vista
Y por encima de todo y siempre como espada de Damocles, el momento tonto de debilidad que siempre nos persigue. Marruecos sabe esperar en silencio a que España se encuentre en una posición vulnerable (crisis económicas, debilidad parlamentaria o aislamiento internacional) para activar sus reivindicaciones. No sé, lo mismo es el pinchazo de Pegasus, pero es que siempre tenemos el tafanario al oreo por una cosa u otra; y más desde que está Sánchez.
Recuerdan: de repente llegó el histórico cambio de postura de España sobre el Sáhara en 2022 (avalando el plan de autonomía marroquí), demostrando que —según los cronicones y sin el caballo alado— la paciencia y la presión constante terminan doblegando la resistencia del vecino del norte. Y ahora mismo tenemos la bicha en la invasión de Ceuta, que me pesa y atribula sobre manera.
En definitiva, la política exterior de Marruecos hacia España no se rige por la improvisación; se comporta exactamente como el estratega de Casanova: acumula los agravios en silencio, mide las debilidades del oponente y asesta el golpe político cuando tiene la certeza absoluta de que el rival no podrá responder.
Yo, de momento, estaré el día 2 de septiembre de 2026 apoyando la españolidad de Ceuta: ¡con las caballas! Y lamentando la inacción de este Gobierno.

Juan Díaz.