Cada uno sangra por dónde le toca
Un día cualquiera en España después de que la autodeterminación de género se convirtiera en dogma legislativo. Un día cualquiera en el ejercicio de la profesión de abogado. Un día cualquiera en mi vida. O no. Ficción o realidad: cada uno que piense lo que quiera.
La ley —esa que consagra que la percepción que uno tiene de sí mismo prevalece sobre cromosomas, gónadas, esqueleto y todo lo que la biología se empeñó en dejar escrito— ha producido efectos secundarios que ya no sorprenden a nadie que pise un juzgado. El más previsible: si ser hombre te coloca automáticamente en el lado equivocado de la Ley de Violencia de Género, con sus presunciones, sus medidas cautelares exprés y su aparato mediático, la solución más económica es dejar de serlo. Basta con decirlo. No hace falta operación, no hacen falta hormonas, no hace falta ni un cambio de vestuario convincente. El Registro Civil te apunta y el ordenamiento debe aceptar tu afirmación con deportividad y respeto.
Aquel ciudadano que un día fue hombre lo entendió con la claridad de quien ya había conocido el interior de una prisión por un delito de violencia de género. Salió, se declaró mujer por convicción —ya no se identificaba con ser hombre; a los hombres, según ella, les ocurren cosas terribles, las mismas que ella misma había padecido cuando todavía era él—, encontró nueva pareja (mujer de las de toda la vida) y un día cualquiera discutieron en la calle. Llegó la policía. El que hasta hace poco era un hombre condenado por pegar a una mujer ahora gritaba, con toda la dignidad que le permitían los trapos, que ambas eran mujeres y que, por tanto, aquello no podía ser lo que parecía. Aquello era una pelea de gatas.
En el juzgado, durante la declaración, la escena alcanzó cotas de teatro del absurdo que ni Valle-Inclán. La fiscal —de las que todavía distinguen un trapecio de un bíceps hipertrofiado— miró a mi representada: hombros de portero de discoteca, mandíbula de boxeador retirado, voz que no había pasado por ninguna transición fonética. Y dijo en voz alta lo que medio pasillo pensaba: que aquella “mujer” podría estar utilizando su nueva condición precisamente para eludir la ley que en su día la condenó. Que el cambio de sexo, en este caso, olía más a estrategia procesal que a epifanía identitaria.
El abogado se sintió ofendido. En nombre de su clienta, claro. Y también un poco en el suyo, porque uno todavía conserva ciertos restos de oficio. Se levanto y dijo que estaban ante una discriminación intolerable. Que la ley no exige aspecto, ni hormonas, ni coherencia estética. Que la identidad de género es lo que la persona dice que es, punto. Y que, además, tenía pruebas.
Testigos. Varios. Gente de bien que la había visto salir de un Consum con un paquete de compresas bajo el brazo. Compresas. El producto estrella de la feminidad menstruante. ¿Qué más se necesita? Es cierto que la clienta no menstrúa —la biología, esa fascista, se niega a colaborar—, pero sangra por la nariz con cierta frecuencia. Y ella siente, con toda la intensidad de su fuero interno, que esa hemorragia nasal es su periodo. Una prueba inequívoca, casi poética, de que es mujer.
—Cada una sangra por donde le toca —aseguró el abogado con firmeza.
La sala se quedó en silencio un segundo de más. La fiscal le miró como se mira a un hombre que acaba de defender que un elefante es una paloma porque el elefante así lo ha decidido y, además, a veces le sangra la trompa. La jueza tosió. El abogado siguió. Porque esa es la ley. Porque si la percepción subjetiva manda, la compresa comprada y la nariz que gotea tienen el mismo valor jurídico que un útero. Porque si no aceptamos eso, ¿qué nos queda? ¿Volver a la tiranía de la realidad?
Por supuesto, no prosperó la tesis de la fiscal. La ley es la ley. La clienta sigue siendo mujer a todos los efectos. La pareja, la de verdad, sigue siendo la otra mujer. Y, pese a que dos mujeres se agredieron mutuamente en vía pública, solo se dictó orden de alejamiento respecto de una de ellas. Una interpretación tan discriminatoria como reveladora: hay mujeres de primera división y mujeres de segunda. Prueba palpable de lo retrógrado que sigue siendo nuestro sistema cuando la realidad se empeña en asomar la cabeza.
El Abogado salió del juzgado con la extraña sensación de haber ganado un caso y de haber perdido un poco más el sentido común.
Esto que acabo de relatar es un día cualquiera en la España en la que un hombre puede dejar de serlo para no cargar con las consecuencias de haberlo sido. En la que la violencia de género se esquiva con una declaración ante el Registro. En la que un abogado se ve obligado a argumentar, con cara seria, que sangrar por la nariz equivale a menstruar porque la interesada así lo siente.
Y lo más gracioso —o lo más triste, según el día— es que esto ya no es una anécdota. Es jurisprudencia cotidiana. Es el nuevo sentido común. Es lo que queda cuando la norma decide que la biología es una opinión y que la opinión, debidamente registrada, es biología.
El abogado es sólo el que compra las compresas en el relato. El que sostiene que la nariz también puede ser un útero si uno se empeña lo suficiente. Un día cualquiera. El principio del fin de la lógica.
Francisco González