8° Día del Camino del Sureste. Benidorm - Santiago de Compostela. Las Mesas - La Villa de Don Fadrique. 51 kilómetros
El Camino continúa, no espera a nadie y a todo el mundo avisa. O te adaptas o fracasas. No hay tiempo para despistes. Tampoco los busco. La soledad no permite excesivas tonterías ni remilgos. No tienes con quien justificarlos ni con quien venirte arriba. Entender todo esto, le hace a uno sentirse más cómodo, más libre. Son tantas las situaciones que, en otras circunstancias no habrías aceptado, que terminas creciendo. De hecho, gracias a todas estas movidas terminas entendiendo muchas cosas, de esas que has escuchado mil veces y otras tantas has asentido, pero que nunca habías puesto en práctica, para ver si aceptas o te revelas.
Estoy en Las Mesas, en un hogar de acogida, tal y como definió Álvaro Lazaga este albergue de peregrinos. No lo pudo describir mejor, aunque él no fuese por donde yo. Menudo lugar más peculiar. Lo primero que me llamó la atención es que ni el chico que vino a darme las llaves quiso pasar. Sabía lo que había: la imagen de un lugar abandonado por donde parecía haber habido una batalla campal. A los diez minutos de tumbarme en la cama, me picaba todo. Mal asunto. Busco la solución y la encuentro, a eso me refería antes. He dormido bien. No ha sido mi peor noche. Ahora comprendo a quienes me aconsejan que ponga una silla haciendo de palanca en la puerta cada noche. Sigo sin ver un alqqma peregrina, y de las demás, poquitas.
Me he levantado a las 3`40 de la madrugada. El día iba a ser largo y no me he equivocado. Salgo del zulo y en la calle mucho albedrío. Son las 4, algo pasa. No, nada, simplemente que es sábado y 1 de agosto. Es lo que tiene, como dice Mariano "El Mítico", no saber ni donde estás ni que día es.
Muchos chavales de fiesta ven pasar a un nota cargado con una mochila..."No vas a llegar muy lejos", espeta uno, y los demás no le siguen la corriente. Tontos hay por todos lados. Mejor hubiera estado un "Buen Camino", ¿verdad?. Todos hemos sido jóvenes. Disculpado.
La salida de Las Mesas es bonita, cargada de historia sus calles, pero de inmediato me inunda la densa noche iluminada por la todavía poderosa luna llena. Por tercera vez, una maravilla. Asfalto y más asfalto. Por mí, encantado. Me acabo de levantar, y no me apetece aventurarme tan temprano por un bosque como el del día anterior. Álvaro no me ha saludado hoy y eso me ha impedido preguntarle si es normal tanta carretera.
Dos horas y media después, cojo el "Camino de los Valencianos", un sendero perfecto que serpentea entre pinares, lagunas, almendros, conejos y un sinfín de viñedos que me van a acompañar, multiplicándose por cada vez más, hasta la mismísima puerta del destino. Y yo que creía que lo del Medio Vinalopó era exagerado.
Empieza la claridad de manera tímida a llamar la atención de una luna que no quiere marcharse. Como mi camino es siempre dirección norte, tengo la batalla a ambos lados. Siempre gana el mismo, y no es para hacer que el día sea más bonito. Son esas primeras horas del alba cuando más se disfruta la ruta. La luz y la temperatura perfectas.
Camino con paso firme porque me conozco el trapo. Las primeras cinco horas me permiten siempre no parar. Se pasan más deprisa que las dos últimas, terribles y eternas. Me acerco al Toboso, la cuna de la amada de Don Quijote. Pero antes de llegar veo el Cementerio. Entro muerto en él y salgo muy vivo gracias a su maravillosos grifo de agua. Los Camposantos son mi debilidad, pero no me puedo detener. Y me adentro en el corazón de la casa de Dulcinea, con una casco histórico medieval, resonando Don Quijote y Sancho Panza por todas sus calles y fachadas.
Busco un bar de manera desesperada. Sólo hay dos y están a las afueras. Agua, café con miel y cargar el móvil. Un venezolano me cuenta sus aventuras por España. Poco más, estoy perfecto y no quiero perder el hilo. Son casi las 10 y me quedan 25 kilómetros más. Hay que ver la magia del fuerte café en mi organismo. Me crezco como un infantil que no se conoce. Pero lo acepto como si fuese Spiderman. Es bienvenida, sé que esa euforia es efímera, aunque dura dos horas que, junto a unas oportunas nubes, hacen que se conjuren los astros y mejore mucho mi media.
Después de comerme un buen puñado de uvas que nadie echará de menos entre tantos cientos de miles de viñas, llego por fin a La Puebla de Almoradiel. Ha costado un poquito, pero mucho menos que pensar en los 10 kilómetros hasta la Villa de Don Fadrique con las 12 del mediodía ya superadas. Una odisea. Apenas puedo abrir los ojos. El agua que me queda quema y los gemelos me arden. Cero quejas, total ¿a quien?. Adelante.
Llego al destino y llamo a Juan, sale de la casa rural que hay detrás de mí. Personaje peculiar donde los haya, es el Quijote adecuado para estos menesteres. Me atiende de maravilla y cumple su "amenaza". Me lleva a la casa de los Misterios, que no es otra que un estupendo casoplón en mitad del pueblo, que voy a compartir esta noche con Rafa, su dueño, que ha llegado precisamente hoy desde Madrid para pasar en su casa sus merecidas vacaciones.