7° Día del Camino del Sureste. Benidorm - Santiago de Compostela. Minaya - Las Mesas 46 kilómetros
Hay quienes dicen que es materia de nuevo libro y seguro que no se equivocan. Las historias se suceden, se multiplican a diario. Con algo de imaginación, saldría una obra de misterio, incertidumbres, superación... un posible libro que yo adornaría con unas buenas dosis de ficción para convencer a los críticos del mundo noir. Lo iremos viendo. Se aproximan los mejores años de la vida del Peregrino y tiempo habrá para dar forma a todos estos sueños y algunos más que se resiste a que se olviden bajo enormes capa de polvo. La mayoría de ellos están todavía pendientes de ser vividos.
Siete días desde que Álvaro Lazaga lo recogió a las 5 de la mañana a las puertas de su casa y le acompañó hasta Relleu. No ha dejado de hacerlo hasta hoy. Son, junto a Fernando Escudero, los Pepito Grillo que le dan consejos cada madrugada. Y se marcó entonces un objetivo y una línea roja. Su forma de pensar le obliga a cumplir, no le hace falta vigilancia ni control alguno. Así ha sido toda su vida profesional. Lo dicho, una media de 42 kilómetros diarios y no superar nunca los 40 euros por jornada. Siete días después, son 306 los kilómetros andados y 206 los euros empleados. Dos victorias momentáneas. 12 kilómetros de más y 74 euros de menos. Vendrán días que harán falta ambos extras, seguro.
Eran las 3 y cuarto de la madrugada cuando el Peregrino se ha despertado. Sabe que está tan lejos el aseo en este gigante polideportivo y es tan oscuro el camino que mejor se aguanta. Error, o no, porque se desvela y toma una decisión que agradecerá después. La etapa de hoy roza los 50 kilómetros. Finalmente se levanta, va hasta el lejano aseo y se desvela lo suficiente como para recoger todo y echarse a la llanura manchega. Son las 3 y 50 cuando empieza el trasiego.
Salir de Minaya, "Camino abierto y visible", como traduce su nombre, es sencillo. Sólo hay que volver por la ruta del fantástico restaurante del día anterior. Siempre está uno aprendiendo. La luna llena juega de nuevo su gran papel. Y a pesar de que van a ser muchos kilómetros de noche cerrada, no hace falta luz frontal. Se agudiza la vista y se escucha todo con sibilina perfección. El itinerario de Villuga está bien descrito, pero la oscuridad no permite distinguir las flechas. Wikilok tampoco juega limpio del todo hoy. Se nota que no es el del maestro. Se sujeta a una ruta antigua que le obliga a traspasar bancales y generar dudas. ¿Le alegraría que amaneciera?. Todo depende, por momentos sí, pero no lo decide él y en esto consiste la aventura. No hay vuelta atrás. Traspasa las Casas de Roldán y la pedanía de Alcolea. Avanza mirando la luna y comiendo kilómetros. Está en el linde de dos provincias, Albacete y Cuenca. Por la noche todos los gatos son pardos. Sabe que la infinita llanura manchega le tiene que llevar hasta el Provencio. Le separan 27 kilómetros que espera hacer y hace en cinco horas largas. Decide relevar a Sancho de la redacción a sabiendas que recorre la Ruta del Quijote.
El pueblo amanece conmigo ocultando sus pasadizos mientras los pozos siguen cruzando por debajo sus calles... o eso dicen por estos lares. Cosas que se aprenden al escuchar, igual que hago con el dueño del bar donde me pido un bocata de tortilla que, de presencia, mejor que de sabor, pero de quejarse nada. Despotrica, como buen autónomo, contra el usurero gobierno en un día de fin de mes en el que tiene que pagar a "todo dios". Me hace gracia porque se queja sin dejar de mirar el móvil y moverse menos que el sastre de tarzán, mientras las tres mujeres de barra y cocina no dan a basto. Curioso.
El café con miel es mi bendición. Enfilo hacia Las Mesas no sin hacerme un pequeño lío. Por fin salgo del Provencio con mi amigo Lorenzo apuntando maneras en mi espalda. Son las 10 de la mañana. Y el nuevo episodio me sirve para recapitular y entretener mis pensamientos para ganar tiempo y distancia. He dormido en un pabellón tan gigante que decidí echar el cerrojo. He salido antes de la 4 a caminar, con lo que ello significa de dudas y conflictos mentales. He traspasado bancales por no dejar de hacer caso al amigo Wikilok. He pasado por pedanías, campos de almendros, alguna alquería, infinidad de viñedos, cruzado carreteras nacionales, escuchado ruidos que me erizaban la piel sin querer hacerles caso...y he vuelto a desayunar. En este caso almorzar... ¿qué habrá pensado la chica del bar al ver como guardaba el pan que me sobraba al tiempo que rellenaba mis botellitas vacías de agua?.
El Camino hacia Las Mesas es otra historia. La luz y el sol lo cambian todo. Como el calor no aprieta sigue siendo divertido. Es todo el trayecto ligeramente cuesta arriba, y pica, son muchos kilómetros seguidos. Pero llego, claro que llego. Y en la casa de acogida estoy. Y está bien, pero os garantizo que aquí no dormiais 9 de cada 10 que leáis este artículo. Me preguntan si he venido andando. No veo el Falcon por ningún lado, les contesto. No han visto nunca que un peregrino les llegara directo desde Minaya...¡no me lo creo!.
Voy a comer a un sitio algo más pijo que los dos anteriores. Aún así, económico y muy bueno. Mi amigo Lazaga me avisa que se acerca el fin de semana, que vaya reservando sino quiero dormir en la calle. Ya lo he hecho en La Villa de Don Fadrique y en Villanueva de Bogas. Veremos que hago el lunes porque en Toledo no hay sitio...
Por cierto, Juan me advierte que mañana me alojará en una casa de la que muchos peregrinos se van antes de entrar: gigante y centenaria, perfecta para una noche con sesión güija. Que si soy miedoso, me pregunta. Voy a dormir en la casa de mis sueños, le contesto. Pero lo dicho, todo esto es un capítulo que está por escribirse. Y no lo des por hecho, porque aunque avanzo y voy llegando, empiezo a valorar la barbaridad que me he planteado. Si me alojo en la casa del Misterio y amanezco de una pieza, mañana os lo cuento.