6° Día del Camino del Sureste Benidorm - Santiago de Compostela La Gineta - Minaya 38 kilómetros
A punto de cumplir la primera semana de esta aventura apellidada Camino del Sureste desde Benidorm a Santiago de Compostela, la primera reflexión que escribo, que nada tiene que ver con las muchas que han circulado a lo largo de la madrugada y tampoco es la que tengo apuntada en mi bloc de notas previo a la sentada del tecleo, es que, parece ser, empiezo a entrar en Sintonía con el proyecto. Sí, con el Camino.
Te puede parecer una soberana chorrada, pero créeme que no lo es. Durante estos seis días, quizás podría quitar el primero para el que me mentalicé hasta el punto de no ver kilómetro alguno más allá, me ha costado demasiado encontrar el sentido de todo esto. Sí, ya sé que el Francés del año pasado me salió muy bien, que la experiencia me fue gustando más conforme pasaban los meses, y que hace ya mucho tiempo me dije que repetiría.
Aquel primer boceto de segundo Camino, salía desde Le Puy. Los incrédulos podéis preguntar al gran Álvaro Lazaga. Pero fue cogiendo forma el de Benidorm. ¿Para que irme hasta la mitad de Francia si podía hacer algo mucho más auténtico, llamase como se llamase?. Salir caminando de la puerta de mi casa, como hice el sábado pasado, e ir hasta Santiago de Compostela, era lo suficientemente apasionante como para no darle más vueltas. Del dicho al hecho.
Volviendo al principio y para que veas que no miento, te cuento en secreto que me encanta pensar que, si concluyo esta pasada de locura, podré decir siempre que recorrí España caminando de una punta a la otra. Es uno de esos mágicos flases cerebrales que me han sacado de mis turbulentas dudas durante estos seis días. Algo similar hice un 13 de mayo de 2006. Corrí 101 kilómetros en 14 horas y 41 minutos. Y lo he contado con orgullo tantas veces, que a eso me agarro. Sé con certeza que ahora no veo hazaña alguna ni mérito en esta odisea, pero la veré.
Es verdad que han pasado 20 años y el cuerpo no es el mismo. Pero como dice mi amigo Elisio, sólo tenemos uno y de nosotros depende cuánto queremos que dure y con que calidad. No se equivoca y todo va sumando.
Bueno, pues con todo esto, suena el despertador a las 4 y 20. Y hoy sí ha sonado, no me he despertado antes. Lógico, dormir o intentarlo, en una colchoneta de gimnasio, en nada se parece a un blandito colchón. He dado más vueltas que una peonza. Pero había que empezar la jornada...
Álvaro me avisa dos minutos antes de iniciar la caminata que no me va hacer falta luz frontal. No se equivoca. La luna, más llena que nunca, me hace de faro y guía por unos caminos anchos y despejados, pero oscuros y llenos de incertidumbre. Toca elegir: ¿misterio con temperatura adecuada o kilómetros con calor infernal?. Lo tengo claro. Y venía avisado. ¿A que es normal que no haya visto un solo peregrino en seis días?. Ojo, hoy se han juntado dos caminos, el del Sureste y el del Levante. Pues ni con esas. En el libro de firmas, veo que el último y solitario peregrino pasó por aquí el día que yo empecé. Y el conserje ni siquiera había pasado todavia a por los 10 euros que le dejó.
Me despierto y recojo todo con rapidez, no hay tiempo que perder. Fuera, varias Autocaravanas, me traen muchos recuerdos. Autocaravana Vivir me espera en la puerta de mi casa para volver a recorrer rutas y vivir mágicas noches. Sin luz frontal afronto el Camino. Paisajes manchegos que al amanecer tienen otro sabor se van relevando con mi paso. La luna va cayendo mientras por el este se atisban las primeras luces. Como de un lucha entre moros y cristianos, se enfrentan sabiendo el final de la batalla. Se repite cada día. La luna se esconde despacio, se hace invisible sin haber pedido siquiera su merecida recompensa. Hacer de guía a un cáncer taciturno y romántico como yo, es algo que nunca podré agradecer lo suficiente.
No pienso tanto como otros días. Tengo hambre y aun es de noche, ¿y qué?. Saco el último trozo de caviar del Camino y me lo como con el trozo de pan que me queda. Me sienta de lujo y empiezo a tontear con un café imaginario mientras observo lo ancha que es Castilla y los miles de conejos que observan de lado tan solo un segundo, para salir corriendo de inmediato. La Roda no está lejos.
Y por primera vez en seis días, paro a desayunar. Hasta yo mismo me observo extraño, casi pidiendo un favor de pan y café que pienso pagar. Me miran como al hippie que se ha perdido y hay que despachar deprisa. ¡Seguro que este perroflauta nos trae algún problema...!. O no, no lo sé, quizás no piensan eso, pero son los juegos malabares de una imaginación que no sabe descansar.
Salgo de La Roda sin miguelitos pero con el ánimo por las nubes, ya son 21 kilómetros los que llevo a esa hora. Sé que faltan 17 más, porque los datos que me dan siempre son a la baja. Ya no me los creo y añado siempre algunos kilómetros de regalo. ¡Que no veas que "bien sientan" cuando son los últimos y el sol derrite hasta mis mejores ideas!. Hay árboles que proyectan sombra. No lo esperaba, ¿será así hasta Minaya?...
Miro el móvil, tres llamadas perdidas del gran Fernando Escudero. ¿Habrá pasado algo?. No, me dice, es que quiero saber donde estás para informar a un amigo que va a llevarte comida. Fernando, le respondo, gracias pero no me gusta molestar a nadie... No había terminado de hablar y un coche conocido me pita con fuerza por esos caminos de Dios. ¡No me lo puedo creer, pero que hacéis por aqui! Fernando Escudero y Marie France, de camino a Corcubión para repetir de hospitaleros, se han salido de la ruta para darme un abrazo. Esto es un chute de adrenalina auténtico...
Me siento mejor que ayer. Salí de Chinchilla pensando en comerme el mundo y casi no llego a La Gineta. He salido de aquí cabizbajo y he llegado a Minaya con ganas de seguir. ¡Cabeza Leo!, es lo que todos me dicen. Han acertado. Lo del polideportivo de este pueblo merece mención aparte. Seguir habría sido un delito. Si hubiesen repartidas por el mundo muchas personas como Jesús, confirmo que la vida sería mucho más fácil para todos. Que tipo más auténtico. Que lujo, de verdad. Lo que me ha hecho falta lo he tenido y para que aceptase el donativo casi nos peleamos.
Y aquí estoy, en una litera que me parece la cama del Sha de Persia, en un gigante pabellón que produce ruidos por todos lados, pensando cada minuto que hay alguien, y de esta guisa espero pasar una rica noche que, de terminar bien, me conducirá mañana camino de Las Mesas, donde José Manuel dice que me espera con la banda de música...¿que porqué?, porque nos separan 44 kilómetros y voy caminando. No me cree. Me da que pensar, ¿no será que de verdad estoy haciendo algo que se sale de lo normal?. Nada, ni caso. Además, ese es un capítulo que está por escribirse.