26° Día del Camino del Sureste 8° Día del Camino Sanabrés Benidorm - Santiago de Compostela Dornelas - Santiago 29 kilómetros

Y de repente llega el último día de este peregrinaje. Tampoco había nada previsto, como con todo lo demás. Llega, lo asumes, lo vives, lo escribes para ti mismo y para quien lo quiera leer, y continúas. Esa es mi dolorosa reflexión. Todo es tan bonito como efímero.
Demasiada gente se obsesiona queriendo averiguar cuales han sido las claves para que esta aventura haya tenido el final previsto. Supongo que las innumerables dudas que podrían surgir se convierten ahora en razonables preguntas que necesitan su respuesta. ¿Lo quieres saber con sinceridad?, no lo sé. Supongo que el no haber previsto las situaciones que iban a sucederse. No haberle dado demasiadas vueltas a nada.
Es curioso, lo he comentado en alguna ocasión, pero es cierto: sólo tenía organizada la primera etapa en mi mente. A la postre fue la segunda más larga, 63 kilómetros, y la más dura con infinita diferencia de los 26 días. Pero la conocía y la tenía cuadriculada en mi mente. En su mayoría, hasta Torremanzanas primero y hasta Ibi, una semana después, ya la había hecho. Jugó eso a mi favor y quizás por ahí, y a pesar de las 14 horas y haber dormido en el suelo de un vestuario en Onil, la siguiente madrugada estaba como una flor. Todo está en la forraleza mental. Sin dormir apenas, afronté la subida del Reconco, camino de Biar, como el que escucha llover. Tan feliz. Pero hasta ahí, nada más había previsto, y estoy convencido de que esa ha sido una de mis aliadas, una de las llaves mágicas que me ha salvado.
Ahora, cuando te escribo esto de regreso en el Ave hacia Alicante desde Santiago, no me cuesta reconocer, de la misma manera que no te he mentido, ni siquiera edulcorado nada durante todo el viaje, que al mirar hacia atrás y ver lo que he hecho, se me ponen los pelos de punta. Doy gracias al señor que nadie me hubiera informado de todos los detalles. Me da mucho vértigo lo que durante demasiadas noches de oscuridad y silencio, y demasiados días de calor extremo agotando mis baterías mentales, he vivido.
Si alguna vez quieres afrontar este reto, hacer el Camino del Sureste desde Benidorm, mi recomendación es que preguntes lo justo. Prepárate física y, sobre todo psicológicamente, y lánzate a caminar. Todo lo demás lo irás resolviendo con la ayuda del Apóstol. Me hace gracia ver como lo busca la gente, cuando siempre está a nuestro alrededor. Supongo que se lo tiene que pasar muy bien viendo estas escenas tan cómicas.
Siempre me he preguntado como es posible que el tiburón sea un animal que jamás, en toda su existencia, puede estarse quieto. También me ha costado entender, a pesar de mis añitos, como es posible que los caballos duerman de pie. Reflexiones de crío, que no he superado por cierto, pero que me han venido bien para interpretar y dar solución a otras cuestiones. Me doy cuenta que no soy tan diferente, quiero pensar que aplicable a muchos de quienes me leéis. No puedo estarme quieto, y no es algo como para sentirme orgulloso. Sucede y punto, lo admito y disfruto de ello, o me resigno y sufro.
Ayer, cuando llegué a Santiago comprendí que no se terminaba ninguna hazaña. Sólo era un jodido punto y aparte. Como cuando alguien se jubila pensando que ya está todo hecho y es ahí cuando empieza su gran dilema, sobre todo si antes no ha preparado su mente para el tránsito. En mitad de la plaza del Obradoiro sólo estaba ante el comienzo del siguiente reto. Que puede ser otro Camino, como el que ya diseñé anoche en mi mente a pesar de haberlo maldecido varias veces en estas últimas 4 semanas, o cualquier otro proyecto. Soy así y no debería sentirlo como algo negativo. Aunque me cueste admitirlo, es lo que me salva.
Mi último albergue, en Dornelas, fue seleccionado al azar, como el 90% de los que pude elegir. Y fue un grandísimo acierto. Conocer a Cristina y Andrea ha significado un plus de autoestima en la persecución de mis ilusiones. Dos intrépidos italianos que han forjado aquí, en la Galicia rural que en nada se parece a su Italia natal, su proyecto de vida. Me despedí de ellos después de la única cena comunitaria que me ofrecieron en todo el viaje. Me levanté a las 6. ¿Para qué tanto madrugar?, sólo me quedaban 29 kilómetros y el hostal en Santiago no me dejaba entrar hasta las 14.30 h. Todo calculado y todo salió a la perfección.
Sino fuese porque es la última etapa y lo fui viviendo, desde que cerré la puerta en Dornelas, como un recorrido mágico, podríamos situarla como una de las más rompepiernas. Menudas bajadas de uñas de águila y valientes subidas de talón de oso. Tela marinera. Pero a mí ya me daba todo un poco igual. Caminaba por la provincia de Pontevedra sin haberme enterado y estaba apunto de hacerlo por su hermana La Coruña, al cruzar el Río Ulla, sin enterarme tampoco. Curiosa e interesante forma de pasear por provincias distintas sin saberlo. Alicante, Murcia, Albacete, Cuenca Toledo, Madrid, Ávila, Valladolid, Zamora, Orense, Pontevedra y La Coruña.
Ahí te lo dejo todo en datos y fotografías: 12 provincias, 26 días 1.150 kilómetros y el dinero gastado. Objetivo cumplido.
Me volvió a sorprender la niebla matinal. Mucho más llevadera, por parajes espectaculares y amplios senderos, en pleno amanecer y sin tener que pedirle ayuda a mi inseparable luz frontal.
Caminaba sin ser consciente de mi felicidad. Iba pensando en mi llegada. De vez en cuando dificultándome la visión por culpa de esa acumulación de agua en los ojos al acordarme de mis padres, todo el viaje a mi lado. Manchando las gafas con esas benditas gotas de felicidad. Todo demasiado mágico. Perfecto, ¿porqué no vivirlo como viene?. No tenía que pedirme perdón por nada y así lo hice.
Transcurrían las horas y pasaban los kilómetros. Calculaba lo que quedaba y sabía que se acababa. Es como la última etapa del Tour, en la que ya no te juegas nada y sólo debes disfrutar porque te lo has ganado. Paré a tomar un café y unas tostadas. Todo era por última vez. Y vi las torres de la Catedral de Santiago a lo lejos. Sucedió tras pasar por el famoso puente de Angrois y revivir las muestras de dolor de un accidente de tren que, a mí, me cogió en mi casa de Hornos de Peal, en Jaén. Recuerdo aquel verano como si fuese ayer.
Y entré en Santiago. Me gustó mucho más que el final del Camino Francés del año pasado. Y me preparé. Hay quien me dijo que grabase un vídeo. No es mi fuerte, pero lo hice. Y lo publiqué. Y me desbordásteis. Todavía estoy abrumado. Esta mañana, al levantarme en mi maravillosa cama de un hostal en Santiago, lo he vuelto a mirar. Alucino. Casi 12.000 personas lo habéis visto, casi 500 habían decidido que les gustaba y cerca de 300 mensajes, sólo en mi Facebook personal. Los de mi watsap no me atrevo a contarlos.
¿Qué habrá pasado, que habré hecho? Tampoco lo sé, exactamente igual que el inicio del Camino. No es importante. Mil gracias a todos. La compañía diaria ha sido muy básica para que todo me haya resultado mucho más sencillo.
Llegué al hostal, lavé toda la ropa, compré algo de comer, me tomé un café, me compré el único libro de Ruiz Zafón que todavía no he leído y me fui a escuchar la Misa en la Catedral. Allí, además de pedirle a Santiago lo que había pactado con él, me concedió un espacio para reunirme con mi madre y con mi padre, a solas y durante un buen rato. Mágico, de nuevo con mamá y papá, que maravilla, que ilusión, que grande, que momento.
Punto, suficiente, sólo por eso ha valido la pena esta salvajada.
Un fuerte abrazo a todos.