25° Día del Camino del Sureste. 7° Día del Camino Sanabrés. Benidorm - Santiago de Compostela. O Castro Dozon - Dornelas 39 kilómetros

¿Porqué nos adentramos en estos retos las personas?... reflexiono sobre ello varias veces cada etapa a lo largo y ancho de estos 25 días que hoy se cumplen desde que salí el pasado 25 de julio, día de Santiago Apóstol, desde la puerta de mi casa. Pero hoy con más insistencia. Supongo que los retos son la diferencia entre el querer hacer y el dejarse llevar. Si lo vuelves a leer verás la importancia, la clave de la diferencia.
Es algo que veo a diario y de contínuo en cada ejemplo que el Camino me permite observar. No son situaciones distintas a los de nuestra rutina diaria, sólo que ahora estoy en el lugar y el momento adecuados para observarlos con detenimiento. Los retos, como los objetivos, son los que van a definir nuestra trayectoria en la vida. He entrado en muchos bares durante estas cuatro semanas. Desayunar, pedir un café, agua y siempre con prisa. Observo un preocupante plus de tristeza en esas barras. Son demasiados los hombres a los que noto sin brillo en los ojos, con su luz apagada, agarrados a su carajillo, a su orujo, su anís o su coñac de buena mañana. No hay ilusión, esperanza, objetivos, retos... me voy, huyo del lugar, salgo rápido y prosigo, me afecta.
Hacer el Camino de Santiago desde Benidorm no ha sido otra cosa que una cabezonería, pero bendita y agradecido. Porque quiero suponer que la vida consiste en eso. Estamos de paso y la idea no es contar como pasan los días, sino que los días cuentes historias que nos hagan recordar porque valió la pena.
Las personas somos capaces de hazañas que desconocemos. Sólo tenemos que buscar el propósito. Levantarse sobre las 4 de la madrugada durante 25 días para caminar en la noche y con calor extremo durante tantos días, no es más que un reto. Cuando vuelvo la vista hacia atrás, siento verdadero pavor, pero también orgullo. En eso consiste.
Soy periodista desde hace casi 37 años, profesión que aprendí viendo trabajar a mi padre. He sido concejal del ayuntamiento de Benidorm tras crear mi propio partido político, presidente de los jóvenes empresarios de la comarca, director de 14 medios de comunicación a la vez, corrido 6 maratones y los 101 kilómetros de Ronda, y he escrito un libro... a partir de ahora añado poder decir que he ido andando desde la puerta de mi casa hasta la Catedral de Santiago de Compostela. Retos, solo eso quizás, pero fundamentales para darle sentido a mi vida.
He vivido de manera especial y muy intensa los últimos años de vida de mis padres y he aprendido lo que quiero y lo que no. No puedo parar el tiempo, pero si puedo trabajar para que el mío, dure lo que dure, sea con salud, sin dependencia, con alegría, en plenitud, con objetivos, siempre, con ilusión...
Ver esta aventura como algo irracional puedo aceptarlo. Pero cuidado, el exceso de comodidades a los que nos aboca el actual sistema, es una trampa. Nos hace vulnerables, consumistas, nos amolda al rebaño y no a la singularidad. Mi clave reside en seguir impresionándome, hacer cosas que me sorprendan, que suenen a complicadas. Eso es lo que vuelve a terminar mañana, un capítulo más de mi vida gracias al cual siempre tendré un gran tema para comentar.
Hoy, en la penúltima etapa de esta gran caminata, he tenido que superar la última prueba que el apóstol ha puesto en mi camino para ver si soy digno de llegar mañana hasta Catedral y postrarme ante su presencia. Y además lo ha hecho por partida doble, con cierta mala leche y con todo muy bien pensado. Reto aceptado.
Llegué sobre el mediodía de ayer a Casa Bubela en O Castro Dozón. La casa rural no podía presentar mejor aspecto. Dos parejas, una por planta. La de abajo, colombiana y francés, Rami y Lina, me prestaron un cable para poder cargar el móvil, básico. La de arriba, Juanmi y Lucía, jóvenes de Valencia capital me regalaron un cable, que me permitió devolver el prestado y solucionarme el resto del viaje
Una gasolinera, 100 metros más arriba y con mini super, nos arregló la comida y la cena a todos. Nada más en lontananza para echarse algo a la boca. En la propia casa: galletas, pan bimbo y café, poco más. Suficiente. Después de escribirte el diario, cené una ensalada que había encargado y una tortilla que había comprado. Una maravilla. Y a la habitación. A partir de aquí vino el inesperado calvario. Menuda noche, no quiero ni acordarme...
A pesar de estar en una de los mejores camas del viaje, empecé a notar que me picaba el cuerpo. No entendía que podía ser, pero los minutos primero y las horas después, iban pasando. Tener que madrugar tanto y estar muy cansado, han sido elementos suficientes para conciliar el sueño sin problema durante tldo el viaje. Anoche no.
Pensé que me podía haber sentado mal la cena, también que quizás hubieran ácaros en las sábanas... cinco horas después, a las 2 de la mañana y totalmente desesperado, encendí el aire acondicionado a todo lo que daba y me congelé, pero también a los diablillos que me estaban cosiendo a picaduras. Me tapé hasta las orejas y pude dormir 3 horas. Aún con todo, he salido de Dozón pasadas las 6.15 h de la madeugada. Bastante atontado, pero no quedaba otra.
Rozando los 70 kilómetros es lo que quedaba para llegar a Santiago, según la primera indicación en mitad de la cerrada noche con la que me debatido hoy. Me propuse llegar hasta Dornelas, desde donde restan 28. Y aquí estoy. Por medio, una etapa con varias fases. El Apóstol quería que hoy me dedicase a pensar. Me empezó a poner a prueba desde que se apagó el sol.
Salir de Dozón es descender todo lo que subí ayer desde Orense. Los caminos y senderos, muy estudiados. Caminar embutido entre altas paredes de tierra tejidas por árboles con ramas gigantes, te hace sentir un humilde enanito a las órdenes de Cenicienta, un elfo mágico al que no le puede pasar nada o un duende que controla su destino aunque camina por lugares sombríos llenos de magia sin destino.
Llegando a Silleda, fin natural de la etapa, veo que el mapa me repite la jugada entre Sanabria y Requejo, en la que piqué y todavía escuece. Estropeo algo el paisaje y decido ir por carretera. Ahorro 2,5 kilómetros de vueltas a la nacional. A partir de ahí, con tostada y café incluidos, empieza otro Camino, mucho más rural, que también tiene parte de asfalto hasta Bandeira, donde voy avisado de sus buenos pasteles, pero sin tráfico. Sin calor ha de ser una pista de atracciones.
Hemos entrado de nuevo en el buen Camimo. Pero Dornelas, precisamente como Requejo, aunque existen sus nombres, no están en mis mapas. Da igual, llego, que es lo que cuenta. Y Cristina, que junto a su marido Andrea, me esperan en el albergue, son unos profesionales con cruces en el pecho. Italianos de origen, llevan aquí 18 años. Su historia es de libro. Todo empieza por culpa del tsunami en Tailandia, a partir de ahí Andrea empieza a conocer el Camino, años después hace la Vía de la Plata con su mujer. Las casualidades de la vida hace que pasen por delante de la que hoy es su casa. Se enamoran de ella y tres meses después ya viven en Dornelas. Hasta hoy: te presento el Albergue Casa Leira 1.866, conócelo y disfrútalo. Un remanso de paz a la distancia justa del Apóstol, 28 kilómetros.
Todo muy bien cuidado y con cena comunitaria. Se me había olvidado que es eso, ni una en 25 días. Digo que sí, obviamente. Y escribiendo estoy, sabiendo que mañana se acaba esta aventura pero que los retos, mis retos, no van a parar nunca, porque el día que eso pase, habré entrado en el horrible bucle que he visualizado a lo largo del viaje en las barras de tantos bares.