24° Día del Camino del Sureste. 6° Día del Camino Sanabrés Benidorm - Santiago de Compostela. Orense - O Castro Dozon 38 kilómetros.

He visualizado el final de esta grandísima aventura. En el silencio de la noche me he visto llegando a la Catedral y pidiendo al Apóstol todo lo que traigo almacenado en el zurrón, que no es poco. Me he emocionado, no te voy a engañar.
La tarde de ayer, como ha sucedido en algunas otras ocasiones, se volvió un poco contra mí. Llegué con tiempo al albergue de Orense. Compré y comí también sin ninguna prisa. Pero no estoy solo, como sucedió durante gran parte de este periplo geográfico de extremos nacionales, y me cuesta aceptar que eso me entretiene. A nadie rechazo una conversación, y mucho menos cuando es para meterse con mi tierra. Las rebato con uñas y dientes.
No es ningún pecado recuperar conversaciones en vez de hablar tantas leguas a solas, pero tengo mis tiempos tan tasados que se escapan las horas. Anoche me produjo cierta rabia. Eran casi las 9 y no sabía nada de la etapa de hoy. No le había podido dedicar un solo minuto. Cuando descubrí que había dos salidas distintas de la ciudad y que llegando a Cea también debía tener clara mi elección, sentí cierta impotencia. Soy muy cuadriculado, para todo, y a esa hora, cuando debo tener la oreja pegada en la almohada, no me puede suceder eso. Lo arreglé.
Menos mal que un peregrino ciclista de Cartagena que hace el Camino desde Madrid, me dejó un cable de teléfono, el mío se ha jodido, porque sino, apunta esto, el panorama se hubiera complicado bastante. Y menos mal que Fernando Escudero sigue dándome todo tipo de consejos sin enfadarse, algo que sería lógico porque muchos no los llevo a cabo. Se les nota a distancia la experiencia, a él y a Lazaga, que tienen con el Camino y con los inexpertos como yo.
Aún con todo, fui el primero de más de 10 en irse a dormir. Está claro que llevo otro ritmo. Cuando me he levantado no se oía un alma y cuando me he marchado, la peña al completo, seguía roncando. Perfecto, pero he venido a completar una gesta y ni estoy de vacaciones, ni he llegado a Orense para hacer los últimos 100 kilómetros.
Solucionados batería del móvil y destino de etapa, he cogido a las 5.24 el atajo hacia el Puente Romano que me recomendó Héctor. No sé cuanto me habré ahorrado, pero gracias. Avisado por Fernando, sabía que a la salida de la capital me esperaba una subida con pendiente similar a la del Tourmalet. Correcto, acierto total, a partir del tercer kilómetro. Esa cuesta y el bochorno que se produce en la caldera de Orense, al estar enclavado entre valles, me ha provocado la mayor sudada que recuerdo desde la primera etapa cuando ascendí hacia Torremanzanas, el pueblo donde nació mi padre. Ya decía yo que a pesar de ser tan temprano, por algo debía de ser que todos los que me he cruzado fueran en manga corta.
Muy agradecido por encontrar la fuente situada con estrategia casi rozando la cima, porque el litro de agua me lo he bebido del tirón. Que bien me ha venido hoy que fuera tan de noche, de haber visto las rampas del 20% me habría sentado mucho peor la fiesta inaugural. No debería sorprenderme tanto, es así desde que entré en Galicia. Es más, desde que empecé a terminar Castilla y León. Las rampas por sorpresa y de contínuo, han relevado a los interminables kilómetros de llanura en ambas Castillas.
Hay que decir en favor de Orense, que todo lo horrible que fue ayer la entrada, hoy se arreglado con la salida. Dura sí, pero espectacular. El camino real empedrado ha permitido fotos nocturnas muy de pórtico.
Me he entretenido pensando en que esta epopeya roza su fin, con la constancia de que quedará en mi archivo interno para siempre. Es un espectáculo lo vivido, como para olvidarlo. Lo he hecho cada día junto a muchos de vosotros y os estoy muy agradecido. Saber que cada día estábais ahí detrás, ha empujado más de lo que imagináis. Gracias, de verdad.
Escribo todo esto después de haberme confesado con el maestro Lazaga. Se lo he dicho con franqueza, tengo la sensación de no haber andado hoy. No entiendo que está pasando. Han sido casi 38 kilómetros, pero se han pasado las siete horas largas en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de que ha sido un constate subir, estoy demasiado entero, como con ganas de continuar. ¿Qué está pasando?
He dedicado gran parte de la mañana a trabajar, junto a mi inseparable Verónica, en mi llegada a Santiago y mi vuelta a Benidorm. Quedan ahora sobre 67 kilómetros. En plan locura podría hacerlos mañana, pero no. Hemos cambiado mi billete de tren al jueves muy temprano y el miércoles me permitiré el capricho de dormir a solas en un hostal en Santiago, mis ahorros me lo permiten.
Los números hablan por sí solos: 24 días caminando, 1.081 kilómetros recorridos y 228 euros ahorrados de un presupuesto de 960. Aunque hoy se me descuadra algo. En O Castro Dozon no hay albergue y estoy en una pensión maravillosa, donde dormir cuesta 25 euros y cenar otros 20. ¡Pero que cama, que ducha, que alimentos a mi disposición y que cantidad de café con miel sin límites!. Un día es un día.
Ya tengo reservado el albergue de mañana, que es mi última gran caminata antes de ver al Apóstol y no quiero sorpresas. El miércoles haré algún metro menos, seguro. Quiero llegar con tiempo y dedicarme un poco más a disfrutar del Obradoiro.
He visualizado el final y me he visto hablando con Santiago, al que tengo que pedirle algunas cosas. Si hace unos años me hubieran dicho que lo que más me apetece ahora mismo, es escuchar la misa dentro de la Catedral, yo mismo me habría tildado de perturbado. Como cambia la vida en poco tiempo y que feliz me hace poder contarlo.
He salido de la caldera orensana y antes de amanecer había traspasado el río Miño y ascendido a una cima espectacular que me permitía ver paisajes de enorme belleza. El nuevo amanecer ha sido precioso. He utilizado muy poca luz frontal, se nota que el Camino está muy guarnecido y perfectamente señalizado, he entrado en sus 100 últimos kilómetros y se cuidan todos los detalles. Genial. Ese subidón ha despertado mi motor y ha permitido que mi coco comparase cifras.
Pensaba en los 42 días que se suele tardar en hacer este Camino desde Benidorm, los demasiado exigentes 24 que me propuse en un principio, los 28 que al final calculé y los 26 que finalmente voy a tardar en llegar a la capital gallega. Y repito, sólo compito contra mí mismo. Me marqué un objetivo y en ello estoy. Tal y como lo vivo cada día, os lo cuento. Ni dramatizo ni pretendo dar pena, como alguno ha comentado, al que con elegancia le contesté que nadie está obligado a leer este diario. Ojalá sirva para que si alguna vez decides hacerlo, te ayude. Nada más.
Recuerdo que fue el primer lunes del Camino, día 27 de julio, tercera etapa, cuando pasé mis primeros 100 kilómetros nada más salir de Caudete dirección Montealegre. Y ha sido el cuarto lunes cuando he rebasado la barrera de los últimos 100, nada más salir de Orense. Cosas mías. Hay muchas horas para calcular y pensar en todo. Por medio de ambos 100, mil historias vividas y contadas. Aquí las tienes todas.
Además, por Tamallancos, oficial a tope, sin ahorrar un kilómetro. O quizás por miedo a equivocarme, seamos sinceros. Camino de Cea, donde todos finalizan etapa, sin pasar por el Monasterio de Oseira, a pesar de las muchas y buenas recomendaciones, he llegado hasta un lugar muy bien montado. No es un albergue pero se agradece, Casa Bubela en O Castro Dozon, donde María Jesús se desvive porque no nos falte de nada. Los dueños, muy majos.
Mañana caminaré hasta Dornelas. Seguro que es una jornada muy especial. Me invade la nostalgia. He pasado mucho miedo algunas madrugadas, pero ya empiezo a echar de menos no volvernas a tener. Casi un mes de madrugones y pateadas, sin descanso, sin un día distinto. ¿Llegas a odiarlo?, todo lo contrario, llegas a amarlo.
Caminar por Galicia es diferente. Todo Camino tiene su magia, pero estos bosques, estos senderos, la gestión de las ramas de los árboles, los ríos, los puentes medievales, las aldeas, los concellos, las iglesias, los cemiterios, las luces de la madrugada, los verdes, marrones y amarillos de los escenarios por los que avanzas, la niebla, las nubes, las montañas, los sonidos de la noche, los ojos iluminados de animales que desconoces, los ciervos, los lobos, las vacas... queda la sensación de estar navegando por el paraíso, por una película de la que no quieres salir. Es mágico. Hay que vivirlo.