23° Día del Camino del Sureste 5° Día del Camino Sanabrés Alberguería - Orense 44 kilómetros
Noto que esta historia se acerca a su fin. No seré yo quien niegue que han sido varias, por no decir algunas cuantas, las veces que me hubiera encantado que eso hubiera sido así. Sólo cuando esto pase y tenga tiempo para la reflexión pausada, me daré cuenta de la gesta. Ni soy el primero, ni seré el último que realice este Camino entre Benidorm y Santiago, pero lo que nadie puede cambiar, es que la aventura es de aurora boreal. Es casi mejor no saber mucho sobre lo que vas a vivir. Mi recomendación es dejarte llevar.
Noto que esto se acerca a su fin porque todo el mundo ha cambiado su saludo. Ya no es "Buen Camino", ahora toca "ánimo, ya no te queda nada". Siempre agradecido, digan lo que digan, pero es curioso. Tengo entendido que a Orense son miles los que vienen cada año como a Sarria en el Francés, para iniciar aquí su Camino de 100 kilómetros hasta la Catedral. Digo yo que a esos habrá que decirles otra cosa, acaban de empezar. Demasiado turístico me dicen los oriundos de la zona. Ya lo dije yo el año pasado.
Estoy en el albergue de peregrinos situado en el casco histórico de Orense, una de las poquísimas, sino la única, capital de provincia, a la que no había venido nunca. Sólo la he circunvalado por fuera. Quedan 105 kilómetros hasta Santiago. Y ahora, justo cuando me pongo a teclear, ya no sé si quiero que se termine o no. Depende el momento de la etapa en que me preguntes. A pesar de lo jodido que resulta, casi me he acostumbrado a levantarme en horario intempestivo para salir a caminar una indecente cantidad de horas a diario. Primero pasando miedo en la noche cerrada y luego agobio bajo el calor extremo. Pero cuando dicen que el ser humano se amolda a lo que le echen, es bastante cierto.
Sois muchos los que me escribís el mensaje de "Caminante no hay Camino, se hace Camino al andar". Y está muy bien, pero fíjate, es ahora cuando de verdad he entendido su significado. No hay Camino si no existe el Caminante. Lo hacemos cada uno de nosotros y lo vivimos de mil maneras diferentes. De ahí que se puedan escribir decenas de historias de una misma etapa. Si vieras la cantidad de escenarios, colores, situaciones y peripecias que suceden en las casi 10 horas que camino cada día, lo entenderías mejor. Te recomiendo que lo hagas alguna vez. El tiempo y el Camino son la mejor alegoría de la misma vida. Alucinante.
Decidí ayer poner en portada del artículo la foto de las miles de conchas de la habitación en Alberguería, como antes lo hice con el ciervo que se detiene delante mía o el túnel solitario por el que tengo que pasar sí o sí. Lo hubiera hecho también con las vacas que tuve que sortear para seguir el camino en el puerto del Boquerón en Ávila, pero no tuve cojones para pararme y sacar el móvil.
Una auténtica pasada donde he dormido esta pasada noche. Y encima sólo éramos dos. Me acompañó un sudafricano más blanco que yo, al que no entendía ni media palabra. Un lugar super cómodo en el que, sin embargo, me ha costado conciliar el sueño. Y aunque cueste creerlo, estoy convencido que ha sido por lo agusto que estaba.
Atención, mi primera noche con, calcetines, camiseta y...manta. De invierno, como lo oyes, y toda la noche. Brutal, que maravilla.
Me he vuelto a levantar a las 5. Pasan desde hace unas cuantas jornadas dos cosas cruciales. La combinacion de distancia y días hasta llegar a Santiago, está tan a mi favor que no es necesario ningún madrugón. A eso le ayuda que el calor ya no es tan sofocante. Me llegué a beber 6/7 litros de agua por etapa, ahora apenas pasa de 2. Podríamos añadir incluso que aquí no camino por meseta, esto son senderos de montaña: tanta noche y tanta oscuridad, imponen mucho. Si crees que dramatizo, haz la prueba.
He salido del albergue a las 5.24 h. El oscuro sendero me esperaba en la misma puerta, la luna desapareció con el eclipse y aún la andamos buscando. Lo primero que escucho son aullidos de lobos a lo lejos. Estaba avisado. Adelante, no pienso, sólo Camino. Enciendo mi luz y abrocho mi chubasquero, que aquí hace de chaqueta porque no tengo otra cosa. Confío en mis piernas para que calienten el motor y se me olvide que estoy a más de mil metros de altura y he dormido con manta.
Estoy en la provincia de Orense. Los exagerados cambios de clima me recuerdan a la tropical costa granadina. Son iguales. Bajada kilométrica impresionante nada más empezar. Lógico, pienso yo, habrá que descender la brutal subida de ayer. El clima parece querer tomarme el pelo. Cada vez más calor cuando hace un momento me pelaba de frío. Pero no caigo en la trampa y mantengo la ropa puesta. Acierto. Al llegar al agua de los riachuelos que anuncian el final del descenso, vuelve el frío... y la niebla. Más increíble no puede ser.
La noche estrellada de hace minutos se ha convertido en cielo encapotado y húmedo que no permite la entrada de los rayos del sol. Pues de lujo. Sigo caminando. La primera parte de la etapa ha de llevarme hasta Xunqueira de Ambia. Ayer era sábado y festivo nacional, pero hoy es domingo y seguimos en agosto. Lo del café me preocupa poco, anoche no falló mi memoria y esta mañana lo agradece mi motor. Que abran cuando gusten.
Por cierto, menudo plato gigante me cociné ayer con espaguetis para una boda. Sólo tomate y atún, lo que había. Ya sé como funciona mi cuerpo en este Camino. Primero come la mente, que llega agotada y con ganas de conducirme hacia cualquier experimento. Medio plato. A eso de las 19 h, antes de ir pensando en acostarme, come el cuerpo, y todo sabe mejor. El otro medio plato. ¡Cuanto estoy aprendiendo!, no desperdicio ni las migas de los bolsillos, por no hablar de ese último trago de agua, a veces ardiendo. Da igual. No somos nadie cuando nos sacan de nuestro ámbito, de nuestro entorno, de la zona de confort. ¿No me crees?. No te imaginas lo educado y buena persona que nos volvemos todos en estas circunstancias. Como deberíamos ser siempre. El Camino es una buena escuela, también.
El frío, la noche, la bajada, las postales que publico junto al artículo...el día va avanzando y yo adentrándome por los concellos más rurales de la provincia. Es la Galicia profunda, auténtica, donde campa a sus anchas la Santa Compaña. La imagino saliendo a mi paso mientras disfruto con la vista de los bonitos, coquetos, recogidos y pequeños "cemiterios" que se salpican por todo el camino, siempre a la espalda de iglesias y campanarios llenos de historia, detenidos en el tiempo, invitándote con elegancia a que los fotografíes. ¿Quiero que esto se termine de verdad?
Veo los primeros horreos de Galicia. A partir de ahora entiendo que me empacharé. Va amaneciendo entre aldeas, callejones, balcones que ciegan las estrechas calles... Todo tan enigmático que sólo debes dejarte llevar. Postales creadas por los amantes del Camino alegran la vista. Decenas de calles, balcones, entradas y repisas, decoradas para que el Peregrino se sienta acompañado. Lo consiguen.
Mi ritmo de hoy es de lo más curioso. No sólo voy bien, sino que me encuentro pletórico. Pero sin la agilidad de otros días. Mi cuerpo y el Camino parecen haber llegado a un pacto. Fuerza sí, pero tranquilidad también. Esa combinacion me permite hacer muchas más fotos, disfrutar de esa curiosa niebla que acaba de llegar a los campos de la llanura entre montes. Empiezo a caminar sumergido en un cuento de hadas, tengo que dejarme llevar y disfrutar de estas sendas empedradas, rodeadas de mil verdes distintos, bajo las ramas entrelazadas de enormes árboles que contemplan el paso del tiempo. Me trae al recuerdo los pasajes más bonitos de mi anterior Camino. El Sanabrés en estado puro, me confirma Fernando Escudero. Es otro día más, pero nada tiene que ver con los anteriores, me he cansado de decirlo. Cada día es una película diferente, un rodaje con distintos actores, solo yo me mantengo en la métrica.
Mi motor ha cogido ritmo. Cuatro horas de Camino es la combustión adecuada. Una hora después, por fin, una mujer con mucha clase, me sirve la tostada más rica del viaje, con tomate auténtico en rodajas. Le sumo el café con miel, ¡y para que pedir más!. Salgo nuevo. Me quedan 20 kilómetros hasta llegar a Orense.
Y empieza otra etapa. Como lo lees. No tiene nada que ver con todo lo que te he contado. Podría dejarlo y escribir otro episodio, pero no, es el mismo. La lástima es que fastidia todo lo anterior.
Unos primeros 10 kilómetros por carreteras comarcales que nunca más me condujeron hacia senda alguna, y otros 10 kilómetros finales que me voy a permitir catalogar como los más feos desde que salí de Benidorm. La unión de polígonos industriales y calor, es la ruptura total con la magia y lo que significa esta historia. No hay otra. Toca seguir. Cabeza gacha, carretera y manta.
Entro en Orense y voy directo al albergue. Es de la Xunta y sé como funciona. Muy limpio, cómodo y bien atendido. Al llegar me atiende Héctor, que me reconoce, para variar. Foto al canto. Un buen chaval, licenciado en derecho pero ganándose la vida. Me explica donde está el super. Me hago la compra y, gracias a él, que me deja su plato y sus cubiertos, puedo comer. Fantástico. Salgo de nuevo en busca de mi tesoro perdido: un buen café. Encuentro, pido y me lo tomo. Antes de salir me llevo el de mañana. Y te lo escribo todo para que sepas como es esto desde que amanece hasta que anochece.
Pasan de las siete, aún tengo que corregir, seleccionar las fotos y publicar. Poco más podré hacer, aunque me gustaría leer y escuchar algunas canciones que he recibido. Por cierto, aún no sé donde voy mañana, pero con esto tampoco sorprendo ya a nadie.