22° Día del Camino del Sureste. 5° Día del Sanabrés. Benidorm - Santiago de Compostela. A Gudiña - Alberguería 48 kilómetros

Me preguntaba como podría resumir lo que he vivido hoy. Ha sido mi gran dilema desde que he llegado. No han parado de sucederse situaciones dignas de almanaque durante las más de 9 horas que he tardado en enlazar los puntos. Se me hace difícil. Diría que un poco más difícil cada día. Me niego a aceptar que escribir el diario sea una obligación e intento no presionarme, y sin embargo cada día me cuesta más encontrar el momento de iniciar el resumen.
Sin embargo, cuando lo leo después, lo repaso y hasta me regodeo, quizás sea el personaje más feliz al comprobar que he sido capaz de hilvanar todo lo que ha circulado por esta cabeza durante las muchas horas de periplo. Sí, ya sabemos todos que en las formas, los días están estructurados de una manera similar, sabemos como suelen empezar y como suelen terminar. Pero es el fondo el que cada día se renueva por completo.
La etapa de hoy ha tenido mil historias que contar, sin embargo en nada se parece a las anteriores. Y tú dirás, ¿es eso posible?. Lo es, te lo aseguro. Pero o convierto mi pluma en la de Ruiz Zafón, Delibes o Cela, o es muy improbable que sea capaz, con palabras, de explicar el arcoiris de sensaciones que he vivido esta jornada. Ha sido un completo espectáculo.
Empiezo por decir que si de lo que hablamos es del Camino de Santiago, esta ha sido la jornada más parecida a lo que siempre he imaginado que podría encontrar por estos parajes. ¿Quiere eso decir que el resto de etapas no han cumplido las expectativas?. Si por alguna remota casualidad has llegado a pensar en eso sólo un momento, estás muy equivocado. Es más, creo que no has entendido nada. Caminar desde Benidorm hasta hoy, puede que sea, lo veré más adelante, una de las mayores experiencias que haya realizado jamás en mi vida.
Como sabes he dormido en A Gudiña. Al final fuimos 8 peregrinos. La marca y la media va mejorando conforme avanza el Sanabrés, pero ya te digo que hoy baja. Llegar hasta donde estoy es bastante suicida. Somos dos y por aquí no aparece ya ni San Pedro. La última subida ha estado a un paso de detenerme por primera vez en 22 días. Pero no debería avalanzarme contando tan pronto estos detalles. Tú continúa leyendo que todo llegará.
Ayer pasé una magnífica tarde de escritura y conversación, pero nada quitaba de mi cabeza la duda de como estaría mi pie izquierdo al levantarme. Ese ha sido el motivo de que el despertador sonara tan tarde. He salido del albergue a las 5.28 h, y con el correspondiente café dentro del cuerpo, a pesar de que, hoy sí, había un bar 24 horas abierto muy al lado. Pero el que no sabe es como el que no ve. Aún así, la técnica correcta es la de coger el café la tarde anterior. Salgo mucho más animado, y eso que el día me ha sorprendido hasta el punto de asustarme. Una niebla acompañada de un fuerte aire, me ha hecho maldecir la hora y alegrarme de no haber salido incluso antes.
La previsión, por tanto, era la de recorrer una etapa algo más corta y hacer noche en el albergue de Laza. Camino sin ver absolutamente nada y el agua-lluvia empaña mis gafas, llevo el pelo y las piernas empapadas. Quejarse es tarea inútil. Aligero el paso para que no me sorprenda ningún ataque de frío. Se que voy cuesta arriba porque lo siento y agradezco ir por carretera, una senda a esta hora y con la que cae, no sería la mejor tarjeta de presentación para iniciar la andadura.
Sé que en una hora y media tengo que empezar a ver el amanecer. Y algo así sucede cada vez que mis pasos se dirigen hacia una vaguada. Es como si se hiciera la claridad, de repente ves todo lo que te rodea, la niebla se ha quedado a la altura de tu cabeza. Que espectáculo, por Dios. Sí, vale, es de noche, hace frío, como siempre no hay ni Dios, hoy menos porque además es sábado y festivo nacional, y todo unido tiene pinta de locura. Pero ¿y el día que cuente estas aventuras como propias?.
Los guardias civiles me avisaron que hoy caminaría por lugares repletos de fauna: jabalíes, corzos, zorros.... Mira por donde, ni uno he visto. Claro está, son animales pero no son gilipollas. Hace frío y está lloviznando. Salir de la guarida para asustar al tonto ese de la luz, va a ser como que no...
De repente caigo que el apóstol Santiago camina conmigo y yo sin agradecérselo. Nada malo me sucede y mi pie izquierdo funciona tan de maravilla que el único dolor es el de las plantas de los pies. Pero eso es lo habitual cada día. Hoy se han quedado a un kilómetro de los 1.000 desde que empezaron a cumplir su misión el pasado 25 de julio, día del Santiago Apóstol, hoy hace tres semanas. En fin, demasiadas casualidades. Algo estaremos haciendo bien.
Llega un momento que decido quitarme las gafas y guardarlas. Total, veo mal pero algo veo, con ellas puestas, nada. Conforme voy subiendo hacia los Concellos y va aclarando el día, el espectáculo visual coge visos de inaudito. No doy a basto mirando hacia todos lados. Quiero forografiarlo todo, pero da igual. Ninguna imagen va a mejorar la realidad. Sólo por esto ya ha valido la pena todo lo demás. Me entran ganas de abrazar a todo el mundo. ¿Es esto lo que llaman felicidad?
No quiero detenerme pero la magia de la niebla abrazada a las laderas de las montañas, desplazándose hacia abajo a enorme velocidad y chocando en los barrancos con sus hermanas de otros picos, es inenarrable. Grabo un pequeño vídeo, estoy en éxtasis. Mi imaginación me dice que la niebla actúa como un vampiro, huye del sol que ya se eleva porque no quiere morir hasta su siguiente oportunidad. Estoy caminando por las cumbres de las montañas, por encima de las nubes.
El sol se anuncia cuando llevo cuatro horas caminando, pero la brisa sigue siendo fresca, una temperatura desconocida en mis tres semanas de peregrinación. ¿Es el día perfecto para hacer algún kilómetro más de los planificados?, ¿no habíamos quedado que me dolía el pie y por eso he salido más tarde y previsto una etapa más corta?... bendito y maldito Camino. Fijar ideas en el calendario de este periplo tiene menos futuro que un pastel en la puerta de un colegio.
Llego a Campobecerro, parada habitual para quienes salen de A Gudiña, sin esperanzas de encontrar un café. Acierto. La salida del pueblo anuncia subida empinada. Correcto, ahí está, dura pero corta. Fenomenal, me sube la temperatura y activa los motores. Llego a PortaCamba, y tres cuartos de lo mismo. Nada de nada. Hoy es 15 de agosto. Genial. A por la posta final, Laza.
Se anuncia una bajada estratosférica y así es. La senda es de tierra pero es ancha y cómoda. Los paisajes montañosos que me rodean, un completo espectáculo visual. Por todos lados, donde mires, son pura vitamina para los ojos. El cuerpo me empieza a dar señales demasiado positivas. Va por días, ayer no fue así. ¿Lo aprovecho? No sé que hacer. Sigo descendiendo y llega un momento en que me doy cuenta que bajar caminando me está destrozando los pies, las uñas padecen, no son las de un águila. Se acabó, no le doy más vueltas y me pongo a correr. Como lo oyes, con la mochila de 7 kilos a la espalda. Supongo que será por un suspiro de tiempo.
El caso es que llego al siguiente pueblito, y entre que sigue sin haber nada abierto y que la salida es cuesta arriba, tranquilidad y sosiego, freno el ímpetu. Eso sí, todo precioso. Casitas rurales maravillosas. A la salida, vuelve la cuesta abajo y con asfalto. Miel sobre hojuelas. Me vengo arriba y me acuerdo de la media maratón que corrí el noviembre pasado en Benidorm despues de 10 años sin poder hacerlo gracias a la querida hernia discal. Es la mía, vuelvo a correr, feliz, cómodo, casi enloquecido, sintiendo plena libertad y esta vez por casi una hora. Si te lo cuento es porque todavía me cuesta creerlo. Y además me he sentido como un tiro. Que pasada de momento.
Prácticamente he llegado a Laza, mi destino de hoy. Que por cierto, no son los 34 que anuncian los folletos, sino 36. He llegado una hora antes de lo previsto y no me puedo encontrar mejor. Llevo apenas siete horas desde que empecé y me ponen uno de esos cafés que me convierten en Spiderman. Ni me lo pienso. Pregunto a la camarera por hacerme el interesado, sé de sobra que hay 12 kilómetros hasta Alberguería y con una buena subida. Exacto....y con sorpresa gorda.
Son algo más de dos horas que podrían haber cambiado el curso de esta crónica. Pero no ha sido así... por poco. Los primeros tres kilómetros son casi llanos. Me mosquea. Se empieza a empinar el asfalto, pero nada serio. Me sacan hacia una senda rodeada de paisajes de ensueño y avanzo con la duda de la sorpresa. Llevo más de 6 kilómetros y no percibo esa sería subida que anuncian todos los datos consultados.
Paso por la última pedanía, donde todo el pueblo está de fiesta y cojo una manzana de un árbol. No le he dado dos bocados cuando se me anuncia una pared delante mía sin previo aviso. Literal. Me digo que serán unos metros sin más. Atención: los 5 kilómetros siguientes son los más exigentes con diferencia desde que empecé el Camino en Benidorm. Un desnivel de cojones, asfixiante y sin descanso, pared tras pared, hasta reventarte por dentro, interminable y nada apto para aficionados. Cuando creo que el calvario nunca va a terminar, la senda me devuelve a la carretera de entrada al pueblito de Alberguería...por fin. Brutal.
Me doy cuenta de que no he llamado a ningún albergue. Ni siquiera sé bien si lo habrá. Lo hay, uno. Me coge el teléfono Roberto. Tiene espolones, sabe de donde viene la peña. No pregunta, sólo lo hace todo muy fácil, me aloja en su característico albergue, el más singular que he visto hasta hoy, el de las miles de conchas por todos lados. Me explica lo que necesito saber, como que viven 15 personas en el pueblo, que puedo comer de lo que hay en la casa y que él vuelve a las 18 h, porque ha quedado a comer con su familia. Un tipo muy profesional. Por la tarde hay una explosión de alegría, gente, niños y música. Están celebrando la patrona de España, aunque a la mayoría les cuesta hablar castellano. Es curioso lo de esta España querida, esta España nuestra.
Ahora que ya has comprobado que no soy Carlos Ruiz Zafón escribiendo, pero que he intentado que la "sombra del viento" te haya entretenido, me voy a tomar café al bar que tiene frente al albergue y a estudiar donde voy mañana, aunque luego haré lo que me pida el cuerpo. Como siempre. Ya me ha pedido también el café de mañana.
22 días andando, mi número favorito. 999 kilómetros hechos, y según las guías, me quedan 147. Porque esa es otra, al salir hoy de A Gudiña, por arte de magia, se habían vuelto a descontar los 35 kilómetros que se sumaron ayer al entrar en Galicia. Pues de lujo. Igual llego a Santiago antes de lo previsto.