13° Día Camino del Sureste. Benidorm - Santiago de Compostela. Cebreros - Ávila 42 kilómetros

Esto quiere decir varias cosas. La primera es que restan otros 570 hasta el Obradoiro, y que son algo más de 45 los que salen de media diaria. Estoy en el lugar que había previsto. Pero antes de que especules, te freno diciéndote que ni competí con nadie el pasado año cuando hice el Camino Francés en 19 días, en lugar de los oficiales 33, ni estoy en ninguna carrera en esta ocasión. Me gusta caminar y nadie me ha enseñado el bendito oficio de perder el tiempo. Unidos ambos conceptos seguro que te explicas muchas cosas. Si a eso le añadimos las dificultades del Camino del Sureste, esas barbaridades de las que algunos me habláis, empiezan a cobrar su lógica, ¿verdad?
Después de escribir ayer, quise visitar la casa natal del presidente Adolfo Suárez. Esta misma madrugada, al salir de Cebreros, he hecho lo mismo con la fachada de su Museo. He descansado como un auténtico marqués. Es algo que señala la diferencia lógica tras haber estado en un majisimo hotelito, El Castrejón. Que además, me ha permitido hacerme mi propio café a las 4 de la mañana.
Lo he agradecido mucho porque, no lo voy a negar, he salido del albergue con ciertos recelos. Después de mucho hablar con mis dos ángeles del Camino, he emprendido la marcha con más dudas que certezas. Y al final, ojo, es algo que siempre termino por agradecer. No hay mejor medicina para mí máquina de caminar que el miedo. Y eso es lo que me habían metido en el cuerpo. Si a eso le sumamos una noche cerrada y un viento que no parecía amainar...
Sabía que el puerto del Arrebatacapas estaba en la misma rampa de salida, que también era cuesta arriba desde la misma puerta del hotel. Una vez coronado, lo dicho, agradecido. De duro no tenía nada. Una subida perfecta para entrar en calor que, encima, contaba una historia de siglos, pues era por una calzada romana. Y a mi izquierda iba quedando una espectacular estampa de Cebreros iluminado.
De ahí he salido a una carretera ancha, que ya no me ha dejado entrar de nuevo en senda ni pista forestal hasta apenas cuatro kilómetros antes de llegar a San Bartolomé de Pinares, recibiéndome este precioso pueblo, enclavado entre valles, a puerta gayola, como al resto de peregrinos. Café solo largo y botella de agua grande sin nada de comida. Son casi 4 horas de camino pero mis custodios me han sobre-avisado que, a la vuelta de la esquina, se viene otro Tourmalet.
La senda que te saca de un pueblo y te lleva hacía su hermano, esta decorada con espectaculares vistas. Esto son ya los Montes de Ávila. A mi izquierda El Barraco, la ciudad en la que nació mi ídolo de la infancia, el abulense Ángel Arroyo. Que grandísimo ciclista.
Y antes de que pasase todo esto que te cuento y diesen comienzo las rampas de un puerto que, esta vez sí, se las traía, quedan en mi memoria varios momentos. Gracias a esa tenue luz que todavía proyecta la luna, me es suficiente para evitar el frontal y permitir la magia de las estrellas fugaces. ¡Cierra los ojos e imagínate caminando de noche entre montañas!... el cielo se convierte en un parque temático audio visual. He pedido mis deseos, mientras algún curioso murciélago se me acercaba más de la cuenta, como no entendiendo que hacía esa cosa, yo, por ahí y a esas horas.
Lo dicho, inicio la subida de El Boquerón. Mi objetivo era comérmelo, fritos me gustan mucho. Larga, muy larga, y pronunciada en algunos tramos, la incertidumbre y el misterio lo ponía el ganado. Libre y por cientos, las vacas gigantes y con cuernos considerables me observan sin hacerme caso mientras yo rezo lo que sé para que ninguna se arranque. No tengo escapatoria, he de pasar por entre medio de todas ellas. Son la cosas del Camino: te permiten sortear estos territorios, pero estás advertido de lo que te vas a encontrar. Otra increíble experiencia al saco.
Coronado el segundo puerto, son entre 14 y 16 los kilómetros que todavía quedan hasta cruzar la ciudad amurallada de Ávila. Dependía de que wikiloc mirase. Ya empiezo a entender este mecanismo, aunque me toma bastante el pelo. Hoy incluso lo he compartido en Facebook en tiempo real a modo de experiencia.
La bajada hacia Tornadillos de Ávila me ha sorprendido con alguna que otra fuente de agua. Las había olvidado. De la misma manera que el Francés está salpicado de agua, el Sureste tiene un gran déficit con esta fundamental materia para la supervivencia de cualquier caminante. Un segundo café y otra botella de agua fría, y apenas 9 kilómetros muy sencillos hasta el destino. Eso sí, ya pasan de las 12 y caminar se hace pesado, pegajoso, antipático...pero hay que llegar.
Y aquí estoy, en el fantástico albergue de Ávila, bonito y bueno donde los haya, con otro Peregrino, Juan Jesús. Un madrileño que cogió el tren hasta Alicante para completar el Sureste, porque era el cruce que le faltaba y poder cerrar el círculo español. Ya ha cruzado la Patria por sus cuatro puntos cardinales. Un tipo de lo más culto que he conocido, profesor de economía. El primer Peregrino que me encuentro en 13 días. Aquí seguimos hablando del futuro y de la historia de España. Eso sí, después de haber ido ambos al Mercadona, comprar y haber respuesto energía como ordenan los cánones.
Acabo de llamar al posible albergue de mañana y me dicen que sí, pero que me atienden si eso, mañana...si llego. Perfecto. Haré lo posible. Y mientras escribo esto último giro la vista a la izquierda y veo la foto de mis padres, abrazados, sonriendo, con la sensación de que no dudan de mí. Espero no fallarles.